Y no estar loco

A ellas.

Publicado por Carlos Mejías el 18 de Enero de 2013

Firmo un par de documentos más y dejo caer la pluma sobre la mesa. Fin de la dura jornada de trabajo. Saco una carpeta verde del segundo cajón del escritorio e introduzco en ella todos los papeles. Llevo trabajando en el caso varios meses y mañana me espera un largo día en el juzgado. Me echo hacia atrás en el sillón, estirándome hasta que me crujen las vértebras. Compruebo la hora. No quiero llegar tarde. Salgo de mi despacho y me dirijo a la recepción del bufete. Allí se encuentra mi secretaria, escribiendo sin parar, tecleando rápidamente mientras clava la vista en la pantalla del ordenador. Le pregunto si no se va ya a su casa y ella, con el mismo gesto de todas las tardes, me hace ver que se va a quedar un rato más para terminar todo el trabajo. Me encamino hacia la puerta de la calle, pero antes de cruzar el umbral, giro la cabeza para observarla con detenimiento. Es una mujer menuda y aunque es bastante más joven que yo, su forma de vestir la hace parecer mucho mayor. Además lleva unas gafas de culo de vaso, que le tapan casi todo el rostro, aunque podría decirse que eso más bien le hace un favor. Está conmigo desde que fundé la empresa y, aunque realmente no lo es, la considero mi socia. Ha estado a mi lado en los buenos momentos pero también en los malos. Y juro por Dios que hemos pasado momentos realmente horribles. Es una persona realmente importante en mi vida y ocupa un gran lugar en mi corazón.

Me doy la vuelta y salgo de allí. Cojo el ascensor hasta el parking del edificio, que a estas horas suele estar prácticamente vacío. Es un edificio de oficinas muy bien situado pero con la crisis muchas empresas han tenido que mudarse a sitios más económicos. Yo también me lo estoy planteando. Me monto en mi BMW. Fue un capricho y todavía me faltan varios años para terminar de pagarlo, pero disfruto como un niño conduciéndolo. Busco en la guantera mi disco favorito de Jazz y salgo a toda prisa en dirección al extrarradio. Aparcó como siempre fuera del hotel y entro en el hall. El botones, que ya me conoce, me mira de reojo pícaramente. Le doy un nombre a la recepcionista y ella me responde un número y me señala los ascensores. Le doy las gracias amablemente aunque sé sobradamente por donde se sube. Siempre reserva la misma habitación. Me voy colocando y arreglando la camisa y la corbata mientras subo. Recorro el pasillo hasta la habitación y llamo suavemente a la puerta con los nudillos. Desde dentro una voz me susurra que pase que está abierto. La habitación está casi a oscuras y avanzo cautelosamente. A medida que mis ojos se van acostumbrando a la oscuridad, puedo vislumbrar su hermosa figura sobre la cama. La escucho respirar y me acerco poco a poco a ella. Y la beso. Y ella me responde, primero con dulzura y luego con pasión. Acaricio su cuerpo, admirando su ser y mis manos son dos garras que me sirven para devorarla. Nuestra ropa se pierde por el cuarto. Y muerdo su cuello y me pierdo en sus caderas. Somos uno. Araña mi espalda y la abrazo contra mi pecho. Suspira. Suspiro. Somos dos desconocidos, dos vidas separadas, pero nos amamos.

La noches es ya cerrada cuando llego a casa. Me espera mi mujer, con una enorme sonrisa y la cena preparada. Me pregunta por mi día y yo le pregunto a ella. Me cuenta sus historias y yo la escucho embobado. Siempre se está riendo. Es tan guapa. La conocí siendo sólo un niño y fue siempre mi mejor amiga. No hay un instante, no hay un recuerdo, donde no esté ella. Ella es todo lo que yo no soy, mi complemento perfecto, la que me sabe guiar por el buen camino, la que me hace cada día mejor persona. No me imagino sin ella. Y rezo para que ella sujete mi mano cuando el día de mi muerte llegue. Porque mi ser la necesita a ella, como la sangre es necesaria para el corazón. Y es por eso que la quiero, porque sin ella no soy yo.

Voy por el pasillo y entro en el pequeño dormitorio del fondo. Sentada en una silla, está mi madre meciendo la cuna, mientras tararea una nana. La mujer más fuerte que conozco, capaz de sacar adelante a mis dos hermanos y a mí, sin ayuda de nadie. Sin derramar una sola lágrima delante de nosotros desde el día que murió mi padre. Trabajando más que nadie y comiendo menos que ninguno. La admiro y quiero más que a nadie y le pertenezco, pues le debo la vida. Tiene el pelo cano y la cara repleta de arrugas, pero se le nota feliz. Se le cae la baba admirando a su nieta. Mi hija.

Está dormida. Tapada para protegerla del frio. Agarra con una de sus manitas un sonajero de colores. La saco cuidadosamente para no despertarla. Se ve muy pequeña en mis brazos. Es mi princesa. Sangre de mi sangre. Todavía es pequeña, pero llegarán los días en que su madre y yo debamos ir enseñándole a vivir, pasito a pasito, y en los que tendré que ser su consejero. Pero ahora es tan pequeña. Ojalá nunca creciera y pudiera protegerla, como lo hago ahora, sosteniéndola con mis manos, el resto de su vida. Beso su frente y la dejo en la cuna. Beso también a mi madre y me voy a la cama.

Me meto en la cama y abrazo a mi mujer, que ya está dormida. Para dormirme necesito escuchar un poco de música, así que cojo mis auriculares y me pongo la radio. Yo no me puedo explicar cómo las puedes amar tan tranquilamente. Me rio del poeta. Ay, si fueran sólo dos…