Una jaula de aire con barrotes de estrellas

Publicado por Carlos Mejías el 5 de Septiembre de 2017

Era un guanche inquieto de apenas siete años, de los que se llenan los pies de oscura arena en El Bollullo y se duermen cada noche con la idea de subir al Teide. De esos niños sin miedo que juegan con las olas del profundo océano como si no pudieran estas llevárselo a uno hasta lo más profundo. Era, y no había ninguna duda, de los fantasiosos, de los de pupilas seniles, pero manitas de plata de haber soñado mil vidas y no haber vivido ninguna. Tenía, como deben tener siempre los chiquillos felices, las rodillas fabricadas en una mezcla de plastilina, Betadine y sana-sana-culito-de-rana. Y para describirle hemos dicho ya todo lo importante.

Vivía el nene con su abuelita por circunstancias que no vienen al caso. Más la vieja era de estas adorables, de las que restauran la plenitud de los platos si uno se despista, porque han conocido el hambre y no quieren que nadie más sepa de su existencia. Y mucho menos un nietecillo tierno. Qué linda estaba la vieja cuando pellizcaba las mejillas carnosas del muchacho, ella que no tenía fuerzas para nada salvo para quererlo. Y cuánto la quería a ella el chiquillo y cuánto quería también el chiquillo a su pájaro. Al pájaro de ella, se entiende.

Su nombre era Pájaro pues pájaro era, aunque en todos los sitios del mundo era conocido como pájaro canario. Coincidirán conmigo en que en aquellas tierras la obvia redundancia de dicho adjetivo era superflua y eliminable. Pájaro era amarillo. Ni amarillo estrella, ni amarillo limón, ni amarillo patata frita, ni amarillo Pikachu, ni amarillo Minion, ni amarillo Simpson, ni amarillo girasol, ni amarillo abeja, ni (aunque puede que esto no lo crean por la proximidad geográfica) amarillo plátano. Pájaro era amarillo pero amarillo canario. Un precioso potente y deslumbrante amarillo pajarocanaril. Y lo que es innecesario en un nombre, no lo es tanto en un color, no me pregunten ustedes el por qué.

El niño amaba a Pájaro y como todo su conocimiento del amor le venía por imitación de vieja, le daba toda la comida que podía. Semillas, frutos y algún que otro bicho muerto. Muerto previa o posteriormente al descubrimiento del chicuelo, pero al fin y al cabo muerto. El pájaro comía y cantaba y el pequeño lo miraba y remiraba. Siempre intentando apretar sus mejillas de ave a través de aquellos barrotes de metal que formaban su jaula. Y todos eran felices, el niño, la abuela y Pájaro. O al menos, Pájaro porque cantaba. O al menos, el niño que lo escuchaba. O al menos, la abuela que los veía. O al menos, eso parecía.

***

Solía pensar en las islas, en la vieja y en Pájaro. En realidad, pensaba en ellos constantemente. Pensaba en ellos como fueron, en Pájaro en su jaula y su amada vieja haciéndole comidas. No quería pensar en ellos como lo que eran, en Pájaro bajo la tierra del jardín y su pobre vieja bajo la tierra volcánica de sus islas. En esas odiosas islas podía pensar en pasado, en presente o en futuro que daría igual, estaban allí antes de que él naciera y estarían allí cuando se fuera. Pero él no iba a volver. Él no sería como Pájaro en aquella estrecha jaula, ni como su vieja en aquellas islas. Él iba a ser libre, no tendría límites, no tendría prisiones ni tendría, eso lo tenía muy claro, jaulas. Iba a ser astronauta, caminante de estrellas, descubridor de mundos. Costase lo que costase. Y lo fue.

La Tierra desde el espacio es algo sobrecogedor. Inmensa, inabarcable. Pero tan solitaria, tan terriblemente solitaria, aunque tan rodeada de millones de estrellas, que el pobre chico canario volvió a tener de nuevo sus inocentes siete años. Allí arriba, en el espacio, en la soledad más terrible de un vacío incontestable, lloró. Lloró por la vida desperdiciada, por la inquebrantable solidez de su huida, por no haber sentido apego por nadie en su intento banal de no tener ataduras, lloró por Pájaro y lloró por su abuelita. Lloró por el infinito universo que lo rodeaba. Incontestable, inexplorable. Casi absolutamente desconocido. Allí en las alturas, donde sólo unos pocos han podido llegar, en esa jaula de aire con barrotes de estrellas, su mirada encontró las únicas luces que a su corazón le importaban. Él solo en los cielos, ellas allí solas en el azul e inmenso océano. Su jaula. Su hogar.