Últimas horas

A un amigo, un maestro, un hermano.

Publicado por Carlos Mejías el 15 de Diciembre de 2011

Se despertó con el primer pitido del despertador. No entendía porque todo el mundo odiaba ese pequeño aparatejo, cuando al fin y al cabo, cumplía perfectamente su cometido. No se puede perder el tiempo, y menos si como para él, es tu último día de vida.

Se levantó de la cama, cogió el cuaderno que había comprado el día anterior, lo abrió por la última página y escribió “Querido Diario: Hoy es el último día de mi vida” .Se quedó observando a su mujer, que dormía plácidamente, ajena aparentemente al poco tiempo que le quedaba a su marido. Se acercó a la ventana, la abrió y respiró lo más profundamente que pudo, inundando sus pulmones de todo el aire que le fue posible, sintiendo que aquella iba a ser una de sus últimas bocanadas. Se duchó y se afeitó , y todavía en pijama preparó un opíparo desayuno para toda la familia. Al acabar, volvió a su habitación y allí, eligió cuidadosamente lo que se pondría ese día, pues uno no conoce todos los días a la muerte. Cogió el pequeño maletín de cuero, algo desgastado, que le habían regalado sus hijos hacía diez años, pero que conservaba como uno de sus más preciados tesoros. Subió al desván donde guardaba su vieja bicicleta y se dirigió a su trabajo, dejando aparcado el coche en el garaje, más consciente que nunca del mal que el hombre le hace a su madre tierra.

Llegó más temprano que ninguno de sus compañeros y saludó, sonriendo, a todo aquel que se encontró por el camino, sin importar si eran limpiadoras, guardias de seguridad o aquel chiquillo que iba repartiendo los periódicos, empresa por empresa, en esa moto destartalada. Empezó a trabajar dando prioridad a aquellos asuntos que, en su opinión, requerían de más urgencia, como conseguir el dinero para el pozo que necesitaban tan urgentemente Demba y sus vecinos, allí por Senegal, o encontrar la mano de obra cualificada que reconstruyera el poblado de Michel tras el terremoto de Haití. Desde que fundó la ONG, lo suyo siempre fue ayudar, él no entendía de papeleo legal, de eso se encargaba su socio Aitor, y le estaba profundamente agradecido por ello.

Cuando acabó todo el trabajo que tenía ese día, salió disparado a visitar a su madre a la residencia. Estuvo con ella toda la tarde, a pesar de que ya, ella no se acordara de que él era su hijo. La abrazó y besó todo lo que pudo, dándole así las gracias, por haberle convertido en el hombre que era.

Volvió a su casa y allí ayudó a Roberto con los deberes. Esas odiosas divisiones con decimales, como decía el pequeño. Se acercó al cuarto donde estudiaba Miriam, no para ayudarla, pues hacía tiempo que la muchacha sabía más que él, sino para observar como había crecido su hija y lo independiente y madura que era. Se sentó al lado de Carmen en el salón y se deleitó viendo como leía su esposa. Recordó lo feliz que había sido junto a ella y todos los momentos que habían compartido. Cenaron todos juntos y compartieron las vivencias de aquel día, aparentemente tan normal como otro cualquiera. Al sonar las once en el reloj de la entrada, besó en la frente a sus dos hijos y a su mujer, y se metió en la cama. Feliz, estaba feliz y orgulloso del último día de su vida. No podría, ni querría cambiarse por cualquier otra persona en el mundo, pues se sentía completamente satisfecho de todo lo que había conseguido y en paz consigo mismo. Y con una enorme sonrisa en la cara, se durmió…

Se despertó con el primer pitido del despertador. Se levantó de la cama, cogió el cuaderno azul marino, lo abrió por la última página, la arrancó y en la siguiente anotó “Querido Diario: Hoy es el último día de mi vida” .