Soldado de infantería

Publicado por Carlos Mejías el 19 de Octubre de 2011

Podía sentir la respiración entrecortada de mis compañeros. Las noticias sobre las brigadas de paracaidistas eran alentadoras. Habían conseguido colocarse tras la primera línea alemana, impidiendo que llegaran los refuerzos. Y aunque serían motivos suficientes para sonreír, allí ninguno abríamos la boca. Estábamos acojonados. Al menos el calvo de Eisenhower podría acercarse a darnos ánimos, ya que no se iba a jugar el pellejo como nosotros. Las estrellas del cielo europeo centelleaban con menos fuerza que en Louisiana, la tierra donde nací, o al menos así me lo parecía. Un fuerte oleaje azotaba el barco y el agua del mar nos empapaba las botas. Podía sentir como se arrugaban mis dedos dentro de los calcetines mojados. Recuerdo pedir un cigarro y pasárselo a alguien que andaba cerca. No me apetecía ni fumar. Además el tabaco era escaso y de mala calidad y era más sano respirar el humo que soltaba el fotógrafo húngaro que nos acompañaba cuando se fumaba uno de sus puros de contrabando. Un murmullo empezó a brotar entre los hombres, lo que nos indicaba que la hora se acercaba. Y aunque ninguno lo dijimos, se podía ver el miedo en los ojos de cada uno de nosotros.

El nombre en clave de nuestro destino era Omaha. Una playa extensa que finalizaba en un pedregoso acantilado de unos treinta metros de altura. Era sin duda el desembarco más difícil de los cinco que se iban a producir ese día y por eso nos tocó a nosotros, porque éramos los mejores. O eso nos habían hecho creer. Nos montaron en lanchas metálicas en pequeños grupos de unos veinte y pico soldados, que más bien parecían enormes ataúdes flotantes. Y avanzamos hacia la orilla, apretados sin poder casi movernos como los cerdos que se dirigen al matadero. El ruido del motor de la barca me impedía escuchar las oraciones que balbuceaban algunos y las maldiciones que soltaban otros, todo producto del nervio y el miedo. Otros se abrazaban enfermizamente a sus metralletas, como pensando que tenían que hacerse amigos de lo único que podría salvarlos de sus enemigos. Me puse de puntillas para intentar ver la distancia que nos faltaba por recorrer, justo en el preciso momento en que un obús alemán caía cerca de nosotros, haciendo pedazos otra lancha y con ella a todos sus ocupantes. Perdí el equilibrio y tuve que agarrarme a un chaval enclenque, que al sentir mi mano en su hombro, no pudo soportarlo más y rompió a llorar. Los demás le miramos y sentimos envidia de su valentía, nuestros cuerpos no tenían ni el valor ni el coraje para soltar lágrimas.

Llegamos a la orilla mirándonos los cordones de los zapatos, como si no afrontar lo que se avecinaba fuera a impedir que sucediera. La rampa de salida se abrió pero nadie se movió. Y entonces la realidad nos golpeó en la cara. La primera fila de hombres cayó al suelo abatida por las balas de las ametralladoras nazis y la sangre manchó nuestros uniformes. Saltamos al agua y empezamos a correr buscando un sitio donde resguardarnos. No era una tarea fácil pues el agua estaba helada y nos llegaba hasta las rodillas. Yo corrí y corrí, sin importarme donde ni que pisaba, y solo pensaba en ponerme a salvo. Cuando vi el montículo de arena, me lance hacia él y me estiré intentando no ser un blanco fácil para los alemanes. Y entonces lo noté. Una punzada de frio, un dolor agudo en el lado derecho de mi cuerpo. Preferí no mirar directamente. Me llevé la mano a la herida y palpé el agujero que el proyectil había formado en mi ropa y en mi piel. Me desangraba. Y mientras a mi alrededor, sin embargo, todo seguía su curso. Mi fin se acercaba y eso no cambiaría nada. La vida y la guerra continuarían su camino sin mí. Con las últimas fuerzas que había en mi cuerpo, me recliné sobre la cima de mi improvisado escondite y vacíe el cargador de mi arma sobre los alejados búnkeres alemanes. Mi visión se nubló y ,al mismo tiempo que soltaba el gatillo, cerré los ojos sobre la dura y fría arena francesa, tan alejada y tan distinta de la de mi hogar.

***

-¿Pero por qué tienes que irte a Europa? No lo entiendo .¡Esa no es nuestra guerra!

-¡Esa es la guerra de todos! ¡No lo entiendes! No se trata del dónde sino del por qué.

-¿Y vas a abandonarnos aquí? ¿A tu mujer, a tu hijo? ¿Vas a dejar tu trabajo y todo lo que has conseguido con años de dedicación y esfuerzo por esos porqués? ¿¡Es que no te importamos!?

-Cariño, escúchame… sois lo mejor de mi vida. Y voy a luchar porque nadie nunca tenga que perder aquello que más ama de la suya.

-Por favor…vuelve con vida.

-No te preocupes. Volveré.

***

Abrí los ojos y me encontré con la cara pegada al suelo. Torcí levemente la cabeza y miré de reojo hacia mi izquierda. Miles de cuerpos inertes se esparcían en esa despiadada playa. A lo lejos, sobre el acantilado, el sonido de los disparos y la dinamita era continuo. Olía a sangre y las aves carroñeras describían círculos en el cielo buscando alimento. Entonces sentí como cuatro manos me agarraban y me subían a una camilla. Un tipo muy feo y bigotudo, con un brazalete con una cruz roja en el brazo, examinaba mi herida, al mismo tiempo que me ofrecía una petaca. Bebí pensando que sería algún tipo de medicina y mis papilas gustativas me devolvieron la dureza del alcohol. Buena anestesia. Me resistí a volver a una de esas lanchas y volver al barco del que había salido. Quería seguir luchando. Tenía que seguir.

Han pasado 68 años desde aquel fatídico día. 6 de Junio de 1944. Aquel que los historiadores modernos llaman el día D. El victorioso desembarco de Normandía. Cuantos hombres buenos murieron allí ese horrible día. A día de hoy, me llaman héroe de guerra, por haber sobrevivido al peor conflicto bélico que ha existido en la faz de la tierra. Hacen películas de nuestra historia, de aquellos que vivimos, pero nunca, nunca, se acuerdan de los que murieron. Nadie es capaz de reflejar el horror que representa la muerte de un simple soldado de infantería. Nadie recuerda que es un hombre con una vida. Nadie se para a pensar la historia que existe detrás de cada uno de ellos. Una infancia, una juventud y finalmente, en un segundo, la muerte. Lucharon por defender la libertad y nadie se acuerda de ellos. Honrémosles.

El anciano metió, tras doblarlos cuidadosamente, los papeles de su discurso en el bolsillo de su chaqueta. Se levantó lenta y torpemente de la silla de ruedas. Enderezó su cuerpo hasta el límite que le permitía su senectud y alzó la vista. Miles de cruces blancas, adornaban la enorme explanada verde. Miles de cruces sin nombre, de aquellos que él consideraba verdaderos héroes. Miró las brillantes medallas, entre ellas el Corazón Púrpura, que relucían en su pecho, que demostraban su valentía y su alto cargo y luego al público que asistía a la ceremonia. Se llevó la mano a la sien, haciendo el saludo militar, al tiempo que sonaban tres salvas de cañón. Notó una vez más el frio en la cicatriz de su costado derecho y se sintió desgraciado por no haber muerto en aquella playa.