Reflejos

Publicado por Carlos Mejías el 2 de Febrero de 2012

Sola en medio de la calle. La luz parpadeante de una mustia farola de la lejanía alumbraba tímidamente el pavimento. La mente en blanco, ni recuerdos, ni ideas. Arropada solo por la noche y una triste y gris gabardina. Un frio que devoraba las entrañas, acompañado de una espesa niebla que impedía ver con claridad, se había hecho dueño de la ciudad. Echó a andar sin rumbo, guiada solo por el traqueteo de sus tacones rojos. Anduvo así hasta que las perdidas notas musicales de un tugurio la sacaron de su embrujo. Se acercó felina a la puerta acristalada y en ella distinguió el brillo de sus propios ojos. El reflejo de unos enormes ojos negros.

Y escapó de allí. Corrió hasta que no pudo más. Corrió hasta darse cuenta de que no se puede escapar de uno mismo. Y siguió andando, un paso tras otro. Temerosas gotas de una lluvia incipiente empezaron a resbalar por su cara mezcladas con su llanto. Se refugió debajo del toldo de un negocio que ya no era tal. Hundido, quebrado, cerrado, muerto. Protegida como estaba del temporal, observó caer el agua deslizando por las paredes de los altos edificios. A sus pies se estaba formando un charco. Y esta vez afrontó la imagen que le devolvía el improvisado espejo callejero. El reflejo deformado y difuso de la mujer que no recordaba ser y que sin embargo era.

Se fue la lluvia pero volvió la niebla con más fuerza. Abandonó su escondrijo y camino a través de los callejones oscuros de la miseria de aquel desierto de hierro y acero. Serpenteando entre cubos de basura. Escuchó un grito y luego otro. Pedían ayuda. A la vuelta de la esquina, dos figuras recortadas en la oscuridad, meras sombras en la nada, peleaban. Y cuando sonó el tiro y el agresor huía, quiso gritar, pero no fue capaz su garganta de articular ningún sonido, mientras el cuerpo inerte de la víctima caía de espaldas al cielo. Corrió y le dio la vuelta al cuerpo mientras la sangre que aún brotaba de la herida llenaba sus manos. Y el rostro que vio era el suyo. Estaba sujetando su propio cuerpo. Y comprendió entonces que ella no era nada ni nadie, ella era sólo un alma, sólo un reflejo.