Póker de ases

“El destino es el que baraja las cartas pero nosotros somos los que jugamos”

Publicado por Carlos Mejías el 6 de Junio de 2016

El viejo Cadillac rojo del 76 traqueaba entre los altos campos de maíz que crecían a ambos lados de la carretera. El sol de Septiembre se encontraba en lo más alto del cielo, dejando caer sus rayos directamente sobre la carrocería y sobrecalentándola a medida que pasaban las horas y aumentaban los kilómetros. Las dos únicas ventanillas del vehículo se encontraban completamente abiertas pero dejando pasar más mosquitos que aire. La temperatura era alta y el ambiente estaba reseco, haciendo lo mismo con las gargantas, que luchaban por poder tragar la espesa saliva. Los amortiguadores peleaban, sin mucho éxito, por evitar las enormes grietas de aquella abandonada carretera de aquel estado sureño. Llevaba una camisa de manga corta empapada en sudor, unas bermudas color caqui con demasiados bolsillos para poder considerarse elegante y unas botas de montaña oscuras, nada acordes con el lugar ni la época del año en la que se encontraban. Las plantas de los pies le ardían por el inadecuado calzado y las de las manos le quemaban por el mero hecho de coger el volante. Llevaba horas esperando encontrar una gasolinera. No necesitaba gasolina. Tenía combustible de sobra en el depósito y llevaba un par de garrafas de cinco litros en el maletero para emergencias. Lo que necesitaba era agua. Y con urgencia. Bajó la vista un segundo hacia la radio, tocando algunos botones, intentando encontrar la señal de la emisora que llevaba escuchando casi todo el camino y que se había perdido unos minutos atrás. Y antes de que se pudiera dar cuenta, el coche pilló un bache y se fue directo hacia el arcén, destrozando una pequeña alambrada que lo separaba de los campos y adentrándose algunos metros en la plantación de maíz. Cuando se encontró completamente detenido, intentó dar marcha atrás, dándose cuenta al instante de que estaba completamente atascado en la espesura vegetal. Las puertas del conductor y del copiloto tampoco se podían abrir y tuvo que salir como pudo a través de la ventana, arañándose ligeramente los brazos y las piernas. Llegó hasta la carretera desde la cual había salido despedido hacia la siembra y escupió con ira sobre el que pensó que era el hoyo culpable de su desgracia. Miró hacia el horizonte, intentando vislumbrar a lo lejos algún signo de civilización y echó a andar.

Sobre la mesa del salón sólo había dos vasos anchos con hielo, una baraja de cartas, una botella de Jack Daniel’s y un par de revólveres. Los dos amigos charlaban animadamente, uno enfrente del otro, sin apartar la mirada. Ambos sabían para que estaban allí y ninguno de los dos tenía miedo. De hecho, los dos deseaban perder aquella partida pero ninguno se dejaría ganar, ambos se conocían perfectamente y eran conscientes de que cualquier atisbo de amañar el juego, sería considerado una ofensa más que un regalo. Aunque ese regalo fuera la vida. Se abrazaron y se sentaron, dispuestos a empezar, cuando llamaron ruidosamente a la puerta de la casa. Se miraron sobresaltados, pues no esperaban a nadie y fueron a mirar quien era.

Tumbaron al deshidratado muchacho sobre un sofá de la entrada y le dieron de beber un enorme vaso de agua fresca. Tenía los labios rasgados y la piel rojiza, quemada por el sol. Estaba dolorido y pedía que le quitaran los zapatos. Los calcetines estaban teñidos de sangre. Lloraba de dolor incapaz de hablar.

-¿Qué vamos a hacer ahora? No podemos dejar que nos vea jugando ni echarlo a la calle en este estado.
-Tendremos que dejarlo ahí tirado mientras que lo hacemos. El que sobreviva, deberá cuidarlo hasta que se recupere. Tampoco podemos perder el tiempo en explicárselo. Y aunque lo hiciéramos, seguramente nos llamaría locos y no nos entendería. Debemos continuar.
-¿Cómo iba a entenderlo? No tiene pinta de saber nada todavía de la dureza de la vida. En realidad, tiene pinta de no saber nada de nada.
-Ten un poco de compasión, ha llegado aquí al borde de la muerte. Y quizás debas cuidar después de él, más te vale tener algo de piedad.
-Si sobrevivo la tendré, ya me conoces. No soy ningún monstruo.
-Lo sé, lo sé… ¿Recuerdas la combinación de la caja fuerte?
-¡Cómo no iba a acordarme en que año nació El Rey! Vamos a por las cartas. Estamos alargando esto demasiado.
-Qué ganas tienes de perderme de vista, hijo de puta. Venga, vamos.

Los dos hombres volvieron al salón para continuar por donde lo habían dejado pero no tuvieron tiempo ni de acomodarse en sus asientos, cuando oyeron una débil voz que les hablaba desde el marco de la puerta.

-No…no pueden hacer eso…no puedo dejarles hacerlo… -susurraba el malherido chico que creían medio inconsciente en la entrada de la casa.- Están locos si creen que se lo voy a permitir.
-Tú no puedes evitar nada, muchacho- dijeron ambos amigos al unísono.-La decisión está tomada desde hace meses.
-¿Pero por qué quieren morir de esta manera? ¿Por qué puede querer alguien jugarse así la vida?
-¿Qué es la vida, chico, sino un juego? Queremos irnos de esta vida, como la hemos vivido. Arriesgando, jugando, sin miedo a nada, con la mejor compañía posible.
-Aparte de lo jodidamente bohemio que se pone aquí mi colega, ambos estamos hasta el culo de deudas y hemos organizado una pequeña estafa al seguro. La muerte de uno va a salvarle la vida al otro. Lo tenemos todo calculado.
-Pero…
-Pero nada. Te permitimos quedarte pero sin molestar y sin entrometerte. Di una palabra más y vas a irte fuera a morir bajo el sol.

El muchacho dio unos pasos hacia atrás y se sentó en el suelo, contemplando la escena. La partida iba a comenzar. Uno de los hombres barajó y le pasó el mazo a su compañero para que cortara. Se repartieron las cartas. Dos cartas fúnebres por hombre. Fueron sacando lentamente las cinco cartas restantes boca arriba, sin apuestas intermedias, sus vidas ya habían sido apostadas desde antes de empezar a repartir siquiera. Cuando ambos fueron conscientes de que sólo quedaba ver la mano de cada uno, se hizo un profundo y solemne silencio. Las vidas de aquellos dos hombres, pendían literalmente de un hilo tan delgado y fino que la risa de un bebe podría haberlo roto. Soltaron cuidadosamente las cartas sobre la mesa, intentando que se viera perfectamente quién ganaba y quién moría. No hubo más palabras que un triste adiós dibujado en los labios de ambos amigos. Levantó su arma, se la colocó rápidamente sobre la sien y apretó el gatillo sin pensar. Su cuerpo cayó inerte sobre el suelo de la habitación y su amigo corrió hacia él, arrepentido al ver ya su cadáver y el agujero de bala en su cráneo. Sólo pudo llorar su pérdida durante diez segundos, pues una bala inesperada surgida de su propia pistola olvidada le mató.

El Sol volvía a brillar sobre su cabeza pero esta vez no le preocupaba la sed. Llevaba varias botellas de agua en el asiento trasero de aquella ranchera robada. Dos pólizas de seguro, infinitamente dobladas, en uno de los muchos bolsillos de su pantalón. Estaba feliz. Y en la radio sonaba su canción favorita.

Let’s rock, everyvody, let’s rock. Everybody in the whole cell block was dancin’ to the jailhouse rock.