Miedo

“Quien vive temeroso, nunca será libre.”

Publicado por Carlos Mejías el 14 de Octubre de 2016

Estaba teniendo un sueño espectacular. En él, yo era el superhéroe perfecto, completamente invencible. Defendía el mundo de las injusticias y de los villanos que querían destruirlo. Libraba a ciudades enteras de su destrucción y protegía a millones de ciudadanos inocentes que necesitaban mi ayuda. Era muy valiente y no me importaba poder en peligro mi propia vida para salvar a los indefensos.

Justo estaba sobrevolando el océano Atlántico para auxiliar a una gran metrópolis cuando empecé a sentir que me orinaba. Tenía que parar en la próxima isla que encontrara por el camino o explotaría. Sin embargo, si me detenía demasiado quizás no llegara a tiempo. Cada segundo era crucial. Sólo tenía una única opción. Sin pensármelo dos veces, empecé a bajarme la bragueta del supertraje.

Abrí los ojos en la oscuridad de mi habitación. Me encontraba hecho un ovillo en mi cama bajo un par de mantas. Sentía la vejiga dilatada en mi vientre. En la calle llovía y se escuchaba el tamborileo de las gotas contra la persiana, que favorecía mi urgencia por ir al baño. Apresuradamente me levanté y sin ponerme ni las zapatillas ni las gafas avancé a tientas por el frío suelo del pasillo hasta llegar al servicio. Pulsé el interruptor y entré, cerrando la puerta a mi paso. Tengo el hábito de sentarme en el váter cuando me despierto en medio de la noche, puesto que con los ojos todavía poco acostumbrados a la luz y llenos de legañas se hace casi imposible apuntar y allí me encontraba pensando en el poco sentido que tenía que el interruptor de la luz del baño estuviera fuera de este.

Entonces fue cuando lo vi en la esquina del baño que colindaba con la puerta. Un bicho amorfo del tamaño de un puño. No era capaz de reconocer la cara de aquella cosa ni dónde estaban sus ojos o su boca. Se movía sigilosamente, de una forma casi imperceptible. Era difícil saber si era un insecto o un pequeño mamífero puesto que, aunque me parecía apreciar cierto pelaje, su forma de moverse era sin duda muy extraña. Hubiera dado mi vida por tener conmigo mis gafas para poder verlo bien o mi móvil para fotografiarlo y observar de cerca lo que mi miopía no me permitía.

Me levanté y tiré de la cisterna sin perder de vista al ser extraño que se encontraba allí conmigo. Tenía mucho miedo de que me atacara y pudiera hacerme algo. Quizás fuera venenoso. Me busqué las zapatillas en los pies, recordando al momento que lamentablemente las había dejado en mi cuarto. Maldije mi gusto minimalista para la decoración, ya que no encontré nada cerca de mí que poder blandir como arma contra mi enemigo. Estaba atrapado con una alimaña que me tapaba la única vía de escape. Empecé a ponerme muy nervioso ante la posibilidad de no tener como salir de allí. Atemorizado me metí en la bañera, poniendo distancia entre mi agresor y yo. Notaba su mirada sobre mí en cada movimiento que yo hacía. Empecé a temblar de miedo. Estaba acorralado. Dudé si debía o no mojarlo con la alcachofa de la ducha pero acabé decidiendo que sería mejor no provocar a la bestia. Hacerme invisible para ella. Esperar a que se aburriera y se fuera. Sólo debía tener paciencia si quería escapar de aquella terrible situación.

Esperé tantas horas que me acabé quedando dormido en el interior de la bañera. Desperté con los huesos molidos de haber estado tantas horas en posición fetal en un espacio tan reducido. No sabía muy bien que hacía allí y lo atribuí a que quizás había bebido demasiado la noche anterior, hasta que me vi en pijama y supe que no podía ser culpa del alcohol. Me asomé por el borde de la bañera y recordé mi aventura de la madrugada pasada. Allí estaba, casi en la misma posición que la última vez que lo vi, aquel monstruo.

En el preciso instante en que nuestros ojos se cruzaron, un estruendo infernal provocado por un trueno retumbó en el baño y la luz se apagó. Despavorido comencé a chillar con toda la fuerza que me permitían mis pulmones, aún a sabiendas que nadie podría oírme, ya que vivía solo en una pequeña casa de las afueras, cerca del bosque y alejada un par de kilómetros de la vivienda más próxima. Me creí sentenciado. En la negrura del servicio aquel engendro de la naturaleza me tenía a su merced para matarme. Callé y esperé, tensando mis músculos, puesto que sabía que mi fin estaba cerca pero no como llegaría.

Varias horas esperé un mortal trance que jamás llegaría. Para mi sorpresa, la luz volvió y con ella, la visión horripilante de mi raptor, el cual se encontraba ahora inmóvil, totalmente inerte. Yo, en una situación similar de quietud dentro de mi bañera, sentía el pijama pegarse a mi cuerpo debido al sudor que el miedo me había hecho expulsar. Intentando no hacer ningún movimiento brusco y provocar a la alimaña, salí poco a poco de mi refugio. Estaba dispuesto a huir de mi cautiverio aunque me dejara la vida en el intento. Avancé varios pasos pegado a la pared hasta colocarme entre el lavamanos y el bidé. Tenía frente a mí la puerta de mi salvación. Sólo debía saltar por encima del deforme animal y huir de allí.

Y así lo hice. En una atlética demostración de potencia física y habilidad, cogí una mínima carrerilla, superé fácilmente a mi enemigo y abriendo con rapidez la puerta, me deslicé al exterior de mi prisión, sin ningún rasguño. Una vez fuera y sintiéndome a salvo, me palpé todo el cuerpo, haciendo especial hincapié en las piernas, examinando si tenía alguna herida provocada por aquel ser inmundo pero estaba ileso. Al parecer, no había hecho ningún intento de atacarme durante mi huida y ni siquiera había intentado seguirme. Movido ahora por una curiosidad casi científica, volví a mi cuarto a por mis gafas y a por mis zapatillas. Agarrando con firmeza una chancla, reabrí lentamente la puerta del cuarto de baño y miré hacia el suelo. Ahí donde durante horas yo había visto claramente un demonio infernal que quería asesinarme, ahora sólo había una enorme pelusa de color gris oscuro que se trasladaba ahora, movida por el viento producido por la puerta al abrirse, a la esquina opuesta del baño.