Madres e hijas

“Sin la mujer, la vida es pura prosa.”
-Rubén Darío-

Publicado por Carlos Mejías el 21 de Enero de 2014

—¿A dónde vamos?
—Ahora lo verás.
—¿Por qué no me dices a dónde vamos?
—Te estoy diciendo que ahora lo verás. No seas más pesado. Vamos a convertirte en un hombre y eso es lo único que tienes que saber.

Me acurruqué en mi asiento, colocando los pies sobre el salpicadero y la cabeza encajada en el hueco desde donde debería haber salido el cinturón de seguridad si aquella camioneta vieja los hubiera tenido. De vez en cuando le lanzaba una mirada a mi tío, entornando los ojos de forma que a mí me parecía que reflejaban un gran odio pero él sólo me miraba, sonreía y me alborotaba el pelo o me daba un par de capones en el brazo. La noche estaba cerrada y no se veía ninguna estrella en el cielo. Tampoco podía encontrar a la Luna pero quizás estuviera escondida entre los nubarrones negros que cruzaban el cielo. Tenía bastante frío ya que de abrigo sólo llevaba puesta una fina sudadera.

—¿Vamos a cazar?
—¿Tú crees que te voy a llevar a cazar en plena noche?¿Tú eres tonto?
—Entonces, ¿a dónde vamos?
—No insistas más, joder. Te estoy diciendo que ahora lo verás. Así que calla ya la puta boca.

El coche avanzaba por la antigua carretera comarcal. De vez en cuando nos cruzábamos con algún coche pero era algo raro, ya que poca gente seguía usando ese camino desde que construyeron la autopista. A lo lejos se podía distinguir un edificio de dos plantas, con un gran cartel luminoso encima. Las letras de color rojo brillaban con potencia encima de la puerta principal aunque ,de vez en cuando, la ele parecía desfallecer y se oscurecía. CLUB. Mi tío aparcó entre un tráiler y un pequeño Ford Fiesta con matrícula de Oviedo, una auténtica antigualla.

Mis ojos tardaron un poco en acostumbrarse a la oscuridad y al humo de aquel lugar. Cuando al fin lo hicieron, me quedé perplejo al percatarme de donde estaba. Imaginé porque mi tío me había llevado hasta allí y recé por estar equivocado. El local estaba dividido en dos zonas. La primera era como una recepción, desde donde se bajaba mediante un par de escalones, al salón principal. Este tenía una barra a cada lado, escoltado por taburetes de color burdeos, dejando en el centro del recinto una larga pasarela dorada, iluminada a lo largo por leds de un blanco cegador y acabada en una barra metálica vertical. Mi tío me arrastró hacia la izquierda y llamó a la camarera. Pidió un gin-tonic e hizo a llamar a la dueña de aquel sitio. Yo mientras seguía atónito por lo que sucedía a mi alrededor. Mujeres escasamente vestidas y con altísimos zapatos de tacón merodeaban por aquel antro. Y allí estaban también muchos hombres manoseándolas sin pudor, lanzándoles piropos groseros y ofreciéndose a invitarlas a una copa. Conocía a bastantes de ellos de verlos por el pueblo y ellos también me conocían a mí, pero ninguno hizo ni siquiera el amago de saludarme.

—¿Así que este es tu chico, no?
—Bueno, bueno, mi chico, mi chico, no. Pero ya sabes, cuido de él desde que mi hermano y su madre…bueno, ya sabes.
—Sí, sí, ya recuerdo. ¿Y qué quieres?
—Que voy a querer, joder. ¿Para qué lo voy a traer aquí sino? Bueno, y para mí, lo de siempre. Ya me conoces.

Aquella mujer me guiñó un ojo y me acarició la mejilla. Tenía las manos frías y ásperas decoradas con unas largas uñas rojas. Temblé. La seguimos al fondo del local, donde subimos unas empinadas escaleras que llevaban al piso superior. Mi tío iba tocándole el culo a medida que subía. La planta de arriba consistía en un largo pasillo con varias puertas a cada lado. La mujer anduvo hacia la mitad y llamó a una de ellas. La puerta se abrió y por ella asomó el rostro más bello que yo había visto nunca. Debía de tener mi edad. El pelo negro le llegaba hasta la cintura. Su piel era morena, no sé si tostada por el Sol, aunque la expresión de su cara indicaba que seguramente hacía mucho que ni siquiera lo veía. Y sus ojos oscuros eran tan profundos que podía uno ahogarse en ellos. Pero reflejaban la tristeza. No podría decir que sentí cuando me miró. Ella se estaba muriendo y necesitaba alguien que la salvara de todo aquello. Y sin embargo, yo me quedé allí quieto, sin decir nada, sin hacer nada.

—Chico, yo me quedo aquí—dijo mi tío—. Sigue a esta amiga mía y confía en ella, que te va a tratar bien, sabe lo que se hace, lo ha hecho muchas veces.

Pude sentir como se clavaba en mí la mirada de la muchacha en un último grito callado de auxilio. Mi tío entró en la habitación junto a ella, cerrando la puerta con fuerza. Desde dentro llegó el llanto de un bebé que rápidamente fue silenciado. Al escuchar aquello mi corazón ,que un momento antes había estado latiendo con ímpetu, prácticamente se detuvo. Y así se quedó durante todo el trayecto desde el medio del pasillo hacia la siguiente habitación donde aquella mujer me llevó.

—Lávate. No voy a tocarte si no te lavas.
—Señora, yo…
—Ahí tienes un bidé. Así que ya sabes.

Aquella mujer se fue desvistiendo a mi lado. Y me ayudó a hacerlo a mí. Sus carnes eran flácidas y oscilaban a cada paso que daba. No era fea, sin embargo, una gran cantidad de arrugas surcaban su cuerpo. Esas marcas que no da la edad sino que son arrugas del alma. Sus pechos estaban caídos y no pude evitar notar algunos pelos incipientes en sus cortas piernas. Yo no sabía qué hacer. Y lo dije. Ella con la experiencia de los años fue intentando guiar mi cuerpo hacia su cuerpo. La notaba realmente cerca. Y lloré. Rompí a llorar, separándome de ella. No quería hacer eso. No de esa forma. Ella se acercó cuidadosamente a mí y me abrazó. Olía muy bien. Me acunó en sus brazos como sólo una madre sabe hacerlo. La madre que yo no conocí. Lloré más fuerte. Desde el otro lado del pasillo, el llanto del bebé llegó a mis oídos. Respiré profundamente y me callé, apretándome contra aquella mujer desconocida, sintiéndome protegido por primera vez en mi vida.

"La única salvación del pecado del hombre es la mujer"