Los principitos

Publicado por Carlos Mejías el 24 de Enero de 2012

Necesitaba relajarse. Por esa razón subió corriendo a su torre preferida del castillo. Allí subía desde chico cuando algo le agobiaba o cuando se metía en líos. Y allí era donde su padre siempre lo buscaba primero y donde siempre lo encontraba. Su padre, el más poderoso y sabio de los reyes, capaz de mantener a raya a todos los pueblos extranjeros, agonizaba ahora víctima de una repentina, desconocida e incurable enfermedad. Aún recordaba claramente el día, en el que tras haber hecho una de sus travesuras, su padre lo encontró en aquella misma torre. No recordaba la trastada que había hecho en esa ocasión pero si recordaba perfectamente las palabras que le dedicó su padre. Le habló de su dinastía, reyes valientes en la guerra y justos en la paz. Le habló de honor y gloria. De luchar siempre por el pueblo, pues en el reside siempre el verdadero poder, en los hombres de a pie. Le contó esa vez que en un futuro sería rey y que debía comportarse como tal. Le miró a los ojos y lloró. Nunca había visto a su padre llorar y nunca más lo haría. Recordando ese momento alzó la vista. Miró su reino. El reino siempre nevado. Nunca había visto un suelo que no fuera blanco. Para él lo normal, era la fría nieve. Oteó el horizonte en busca del extenso y peligroso mar del Norte, del que hablaban las leyendas y del que se decía que ningún hombre podía atravesar sin encontrar la muerte. Al Este y al Oeste, se alzaban las cumbres nevadas, que nadie se atrevía a escalar. Pensó, y no logró recordar a nadie que conociera que hubiera salido alguna vez del valle. Ni en el castillo, ni en el pueblo que se extendía a los pies de este. Al fin y al cabo, allí tenían todo lo que querían, no había necesidad de salir en busca de aventuras y peligros. Pero si su padre moría, el sería el rey. El miedo le atravesó el cuerpo como un escalofrío, no se sentía capaz de hacerlo. Tembló.

Lo despertaron los gritos de los sirvientes. Su fiel ayudante de cámara se abalanzó sobre él, balbuceaba, dijo como pudo que su padre había muerto, que venían a por él, que lo buscaban, que no estaba enfermo, que lo habían envenenado y que el curandero de la corte lo creía culpable. El príncipe no podía pensar con claridad, la cabeza le daba vueltas. Por un momento, le tentó el quedarse a luchar por demostrar la verdad, enfrentarse al mundo. Pero él era cobarde, no era como su padre, su adorado padre muerto. Huyó. Bajó a las cuadras, ensilló un caballo y escapó de allí lo más rápido que pudo. Los arqueros de las atalayas lo vieron y dieron la voz de alarma. Se adentró en el bosque oscuro que rodeaba el castillo perseguido por el ejército que horas antes le era fiel. Galopó mientras el viento gélido le golpeaba la cara y apartaba las ramas de los árboles a los que trepaba cuando era niño. Galopó y galopó intentando deshacerse de sus perseguidores hasta el amanecer.

Al borde del abismo, su caballo derrapó y consiguió frenar, salvándolo de una muerte y enfrentándolo a la otra. Estaba atrapado, tendría que luchar. Bajó de su montura y desenvainó la espada. Los otros lo alcanzaron y lo imitaron, preparados para el combate. El joven heredero, miró al cielo rezando a sus dioses y luego bajó la vista a la nieve bajó sus pies. Estaba listo. Entonces un inesperado temblor, azotó la tierra, sintió como sus pies se despegaban del suelo y como si mil cuerdas tiraran de su cuerpo vio como el mundo se invertía, el cielo era tierra y la tierra era cielo. Caía, caía hacia arriba, en un torbellino de sinsentido, caía, no paraba de caer. Y cuando creía que eso no tendría fin, chocó. Contra la nada. Se puso de pie sobre el aparente vacío. Y entonces los vio, unos enormes ojos que lo miraban atentos. Lo sabía, no quedaba otra opción, estaba muerto y eso era el infierno.

El travieso niño se coló en el despacho de su abuelo. El anciano no quería que nadie entrara allí y por eso tenía la habitación bajo llave. Pero la siesta de por la tarde no se la quitaba nadie y el niño sabía eso, y lo supo aprovechar. Entró cuidadosamente en el oscuro cuarto, teniendo mucho cuidado de no tocar nada para no romperlo. Pero entonces la vio sobre la estantería de la esquina y la tentación le pudo. Tenía que alcanzarla. Movió como pudo el enorme sillón de cuero y se subió encima. Y la cogió. La sostuvo entre sus manitas maravillado. Era perfecta. Una bola de cristal completamente esférica. Una recreación increíble de un reino medieval. Nieve, había nieve, muchísima nieve. Era precioso. Quería verlo, quería ver nevar. No se lo pensó dos veces, sujeto la bola con fuerza y firmeza pero también con delicadeza, le dio la vuelta y la agitó…