Llamas perpetuas

"Sed fugit interea, fugit irreparabile tempus"

Publicado por Carlos Mejías el 17 de Octubre de 2013

Suspiró por enésima vez al terminar de releer el enunciado. No lo entendía. Escribió un par de fórmulas en un folio y volvió a leer otra vez el problema. Se rascó la cabeza despeinándose por completo. Nada. Aquello era imposible. Sacó de un archivador los apuntes de la asignatura, intentando encontrar en ellos una solución o, al menos, una pista de cómo debía hacer el ejercicio. No encontró nada que le ayudara. De repente, alguien le tocó el hombro. Era la bibliotecaria. Iban a cerrar en cinco minutos. Rogó al cielo que no le pusieran ese ejercicio en el examen y se puso a recoger lentamente todos los papeles que tenía esparcidos por la mesa, al tiempo que observaba a su alrededor. La biblioteca estaba completamente vacía. Que él tuviera uno de los exámenes más importantes de su carrera al día siguiente no era razón suficiente para que allí hubiera más gente. Además era Domingo. Y entonces se acordó. Era Domingo. Casi se olvida de su propio cumpleaños.

Salió corriendo de allí con la mochila a medio colgar. No se había acordado del regalo de su hermano. Y es que cuando uno tiene un hermano gemelo, el día de su cumpleaños también tiene que encargarse de buscar un regalo. Su madre llevaba recordándoselo toda la semana pero él tenía la cabeza en otras cosas. No tenía tiempo para nada. Sólo pensaba en el examen. Ni siquiera había ayudado a montar la fiesta que siempre hacían en su familia para el día de su cumpleaños. A la que sin duda también iba a llegar tarde. Apretó el paso hacia el centro comercial.

Cuando llegó, se topó de bruces con que, por otra parte lógicamente teniendo en cuenta el día que era, estaba cerrado. Así que, abatido, fue a sentarse en la parada del autobús que tenía que llevarlo a casa. Mientras esperaba se puso a pensar que podía regalarle a su hermano que no fuera demasiado caro, pudiera conseguir de camino a casa y, encima, le gustara. Tras darle algunas vueltas llegó a la conclusión de que un regalo así, de existir, no lo iba a poder conseguir un Domingo. De repente elaboró un plan que él creyó brillante pero que lleva haciéndose prácticamente desde que existen los regalos. Sacó un papel y un rotulador de su mochila y escribió con la mejor letra que pudo. “Vale por un regalo de un importe igual a lo que tú me vayas a regalar a mí. Con cariño. Tu hermano.” Sonrió. Era un genio.

Se bajó del autobús y empezó a caminar el par de manzanas que separaban la parada de su casa. Y al doblar una esquina se la encontró. Era una pequeña tienda de antigüedades de todo tipo que llevaba en su barrio desde que él era pequeño pero en la que nunca había entrado. Se preguntó si allí habría algo que pudiera mejorar el trozo de papel que llevaba guardado en el bolsillo. Y puesto que ya llegaba tarde, que importaban un par de minutos más de retraso.

El local consistía básicamente en una habitación rectangular con una gran cantidad de muebles apilados en las esquinas y estanterías en los laterales, repletos de objetos como relojes, crucifijos, manuscritos antiguos, formando un pasillo que llevaba hasta el fondo, donde se encontraba un anciano tras un pequeño mostrador.

-¿Qué es lo que buscabas, jovencito?- musitó el hombre.

-Mire, es que tengo un hermano…

-Ah, así que tienes un hermano-dijo el hombre.

-Sí, esto, que le decía que tengo un hermano y hoy es su cumpleaños.

-Ah, con que hoy es su cumpleaños.- repitió el viejo, mientras una extraña sonrisa se dibujaba en su rostro.

-Sí, y yo lo que quería era un regalo especial para él, porque, mire usted, es que somos gemelos y…

-No me digas más-le cortó bruscamente el vendedor-, debo decirte que tengo el regalo perfecto para un hermano, el regalo perfecto para un cumpleaños y el regalo perfecto para un gemelo. Y me alegra decirte que esos tres regalos son el mismo. Este reloj.- dijo al mismo tiempo que mostraba sobre su mano un minúsculo reloj de bolsillo de plata.

-Señor, no es por llevarle la contraria y decir que no lleve usted razón. Puede que este sea el regalo perfecto, pero este reloj es precioso y debe de ser muy caro y yo no tengo dinero para pagarlo.

-¡Pero eso no es problema, jovencito!-repuso el hombre-, porque yo te lo regalo a ti con la condición de que tú se lo regales a tu hermano. Y debes hacerlo, puesto que, además, este reloj tiene el poder de parar el tiempo pulsando este botón y si no se lo ofreces como regalo a tu hermano, te aseguro que se volverá en tu contra. Y ahora cógelo y vete. No pierdas más tiempo.

Era costumbre en su familia, dar los regalos antes de soplar las velas de la tarta. En el bolsillo izquierdo llevaba el trozo de papel doblado y en el bolsillo derecho el reloj de plata. Bolsillo izquierdo o bolsillo derecho. Le tocaba darle su regalo a su hermano. Tenía que decidir. Bolsillo izquierdo era echar unas risas con la familia, quedar medianamente bien y arriesgarse a sufrir la maldición de aquel reloj. Bolsillo derecho, era el regalo del siglo. Con mayúsculas. Pero al fin y al cabo, ese viejo no parecía estar muy bien de la cabeza y él había tenido la suerte de ganar un precioso reloj de coleccionista sin gastar ni un céntimo. Se sacó lentamente el folio del bolsillo y se lo dio a su hermano.

Se colocó frente a frente con su hermano dejando la tarta con las velas ya encendidas entre ellos como llevaban haciéndolo desde que eran chicos. Ponían tantas velas como años cumplían entre los dos y se encargaban de soplarlas juntos. Era una tradición. Era el momento más especial del año. Y les hacía recordar que eran más que hermanos. Eran gemelos. Que aunque hubieran elegido caminos distintos en la vida siempre se reunían ese día y volvían a estar juntos. Recordó que al día siguiente tenía examen y que ese momento tan especial rodeados de toda su familia volvería a tardar otro año en llegar. Si había algún instante que quisiera vivir eternamente sería ese. Querría parar el tiempo para siempre. Parar el tiempo. El reloj. Metió la mano en el bolsillo y lo tocó. Allí estaba. Según el hombre, si quería parar el tiempo sólo tenía que tocar aquel botón. Cuenta atrás hasta tres para soplar. Uno. Parar el tiempo y poder disfrutar de ese par de segundos, un rato más largo. Dos. Y además sólo tenía que tocar un botón. Era sencillo. Iba a hacerlo. ¡Tres! Justo cuando venía como su hermano empezaba a soplar y él también empezaba a hacerlo, apretó el botón.

Y entonces se paró el tiempo. La música dejó de sonar y las voces callaron. Las risas de los primos más pequeños se apagaron. Todo quedó en silencio. Y también quieto. Nada ni nadie se movía. Todos los gestos quedaron a medio concluir. Todos los movimientos inacabados. Nadie pudo escuchar los gritos de alegría al ver las velas apagadas. Pues las velas nunca fueron apagadas. El mundo quieto, la vida quieta, el tiempo quieto. Una familia rodeando a dos hermanos. Dos gemelos. Como una imagen frente a un espejo y entre ellos las llamas perpetuas de un pastel. El fuego eterno. La dualidad de un regalo que se hace maldición por querer parar el tiempo. Pues el momento perfecto tampoco puede serlo si es para toda la eternidad.