Líneas difusas

Publicado por Carlos Mejías el 15 de Marzo de 2018

Se decidió a acompañarla la misma mañana de su partida. Tan temprano que nadie escuchaba al viento entonar los viejos himnos del desierto. Tan frágil la vio, tan niña, tan repleta de miedos, tan rodeada de arena, que la siguió a dos huellas de distancia y sin palabras. Quizás porque pensaba que iba sola. Quizás porque pensaba que era débil. Fuera por lo que fuera, tan terriblemente equivocada.

Las aldeas las evitaban a ellas. Los caminos habían conseguido su sueño de borrarse. Los ojos de hombres seguían sus sombras que viajeras, rápidas y esquivas impedían acercarse a las malas intenciones. El día siguió a la noche y la noche siguió al día. Días, noches. Noches, días. Y luego el azul.

Y fue en azul cuando la tercera al fin lloró. Breve. Como asumiendo su culpa. Escondida entre pliegues. Oculta junto a un joven corazón de madre. Y mecida en una nana valiente volvió a dormirse, dejando en aquella que había ido siempre a dos huellas el rastro de una duda. La incertidumbre de una elección.

Dos almas, doble precio. Ella no tenía tanto. Dos almas, doble precio. Billetes o sexo. Sin descuentos por edades. Mujeres y niños primero. Ley del mar. Pero todos al mismo precio. Aunque aquel que le exige, no tenga alma y tase las suyas a cero.

Pagó y consiguió dos plazas y un puñado de futuras pesadillas. Sudor, dolor y miedo. Embarcaron tres en la fragilidad de un barco de cáscara de nuez. Afinadas al borde de un precipicio salado. Rodeadas de monstruos hechos de olas que luchaban por atraparlas. Encarceladas por las profundidades.

Cuando la barca empezó a hundirse faltaban escasos metros para la orilla de su salvación. Escasos metros para tocar pie en el fondo. Escasos, pero faltaban. Todos gritaban por su vida, salvo ella que pedía por la vida que dormía entre sus brazos. Por eso cuando aquella que la seguía al fin se dejó ver, cuando clavó sus ojos tranquilos en los suyos y le dio a elegir, no tuvo que pensarlo. Sólo besó su pequeña y dulce frente por última vez.

La niña llora empapada y fría rodeada por las mantas del equipo de salvamento. A cientos de kilómetros, a través del desierto, alguien vuelve sobre sus mismos pasos a la aldea de donde partió. Sin ser vista, ni oída. Allí esperará el próximo viaje, la próxima aventura de las injustas fronteras.