La historia de una cartera

“Lo esencial es no perder la orientación.”

Publicado por Carlos Mejías el 16 de Noviembre de 2016

Avanzaba tranquilamente por el centro de la ciudad de Sevilla. Era sábado por la noche y las calles estaban atestadas de personas. La avenida de la Constitución es una calle, supuestamente peatonal, por donde circula un tranvía y con un carril para bicicletas, prácticamente invisible. Sus más de quinientos metros unen el ayuntamiento hispalense con la Puerta de Jerez, una plaza que ha servido durante años de punto de reunión para los sevillanos. Le gustaba pasear con lentitud por aquella calle atiborrada de gente e ir imaginando la vida de aquellos con los que se cruzaba. El hombre del gorro de lana debía esconder una vergonzante calvicie que le impedía cumplir su deseo de trabajar de cara al público. La pareja de adolescentes que miraba a través del cristal de la tienda de fundas de móviles tenía que haber superado una crisis amorosa recientemente puesto que miraban modelos distintos. La niña que comía castañas recién tostadas no podía imaginar que cuando volviera a casa sus padres le iban a regañar por no sacar a pasear a su pequeño perro Tobby.

Caminaba ahora paralelamente a la catedral. Aunque iluminada con unas estridentes luces amarillas, el majestuoso templo no perdía su magnificencia. Fijó su mirada en las columnas que rodeaban el imponente edificio. Las pesadas cadenas negras colgaban entre ellas delimitando una frontera invisible. Unos chiquillos jugaban allí e iban turnándose para columpiarse. Sonrió al pensar que por mucho que mejoraran año tras año las videoconsolas, nada podía superar la imaginación y la creatividad de un niño. Quizás el mejor fertilizante para la inteligencia, sea el aburrimiento. Una mente aburrida está obligada a pensar, a idear, a meditar. Por el contrario, una mente entretenida no tiene tiempo para la reflexión.

Deambulaba absorto en sus pensamientos, cuando llegó a La Adriática, un precioso edificio de estilo neomudéjar de principios del siglo XX. Amaba ese edificio desde que tenía memoria y soñaba con que si alguna vez le tocaba la lotería, lo compraría y viviría allí. Le embelesaba sobretodo la esquina circular del edificio que, enmarcada en la confluencia de dos calles, parecía la torre de defensa de un palacio. Se detuvo frente a él, dispuesto a perder varios minutos en la mera contemplación de sus formas. Pero entonces la vio. A un par de metros de distancia de donde él se encontraba, había en el suelo un pequeño objeto rectangular que le parecía una cartera de piel marrón.

Se acercó raudo hacia ella, dispuesto a recogerla y localizar a su legítimo dueño. La levantó del acerado y oteó a su alrededor. Nadie parecía haber perdido aquella billetera. Nadie se tocaba los bolsillos buscándola o tanteaba dentro de una mochila o un bolso. La abrió, pensando que quizás encontraría dentro una tarjeta o algún documento identificativo que pudiera ayudarle a encontrar a su propietario. No encontró nada. Ni siquiera había dinero.

Pensó en llevarla a la policía pero al momento desistió de su idea. No había nada que pudiera relacionar la cartera a una persona concreta. Y quizás la policía pensara que él la había robado. Recapacitó que lo mejor sería ir establecimiento por establecimiento si alguien había ido preguntando por una cartera perdida. Pero tras casi una hora, nadie en ningún bar o tienda la había reclamado.

Estaba en plena calle con una cartera que no era suya. Tenía pinta de cara. Quizás podría quedársela y nadie la echara en falta. O puede que si lo hicieran. Que fuera un regalo que alguien había recibido hace poco y no había tenido tiempo de llenar con el contenido de su antigua cartera. O que fuera una herencia de un abuelo a un nieto, con un valor sentimental tan grande que su pérdida fuera una tragedia inmensa. Estaba completamente paralizado.

Su sombra, proyectada a su lado por una farola, se mantenía tan impasible como su rostro. Su sombrío contorno, conocedor de la negrura que estaba poseyendo el espíritu de su amo, fue separándose de la horizontalidad del pavimento y uniéndose al hombre. La oscuridad fue creciendo desde los tobillos a la cabeza, dándole a su piel un tinte grisáceo. Era ya su ser más efigie que humano, más estatua que persona, más molde que alma. El movimiento le era imposible, no había lugar en él para la actividad. Habitaba ya un mundo sin desplazamiento, sin celeridad. El único ajetreo que existía se arremolinaba en el interior de su cabeza. Pensaba y no dejaba de pensar, más era la quietud el único resultado de sus cavilaciones. Perdió finalmente la tensión de sus músculos y dejó caer la cartera desde sus manos a unos centímetros de sus pies, para siempre inalcanzable.

A la mañana siguiente, los servicios de limpieza retiraron aquella escultura de la avenida. La talla, a tamaño real, de un hombre con rostro imperturbable debía haber sido colocada la madrugada anterior por algún artista callejero. Nadie se fijó en la pequeña cartera que estaba sus pies. El realismo de la figura era sorprendente. Sus petrificados ojos parecían implorar ayuda.