La bestia

-Educa a los niños y no será necesario educar los hombres-
Pitágoras

Publicado por Carlos Mejías el 7 de Mayo de 2016

Aún recuerdo el día en que llegó. Nos habían avisado un par de semanas antes de su traslado a la bahía y nos habíamos estado preparando hasta ese momento para que todo saliera a la perfección. Nada se había dejado al azar. Todo fue milimétricamente calculado. No había margen para los errores.

Yo estaba observando desde la ventana del módulo de aislamiento B cuando llegó a la entrada del recinto principal dentro de un furgón negro mate. No cabía duda de que era blindado. Su escolta la componían dos todoterrenos de la marca Hummer y varias motos de gran cilindrada que la precedían, anticipándose a posibles contratiempos.

Cuando lo bajaron del vehículo entre dos soldados y se irguió en toda su magnitud, entendí porque le llamaban como le llamaban. Sus casi dos metros de altura y sus más de cien kilos de puro músculo eran tan impresionantes como acongojantes. La arena del patio se levantaba a cada paso que daba y cuando llegó al pórtico de seguridad, una gran de nube de polvo suspendida impedía ver casi nada.

Esperé impaciente en mi puesto a que pasará por allí el nuevo residente. Todo el pasillo estaba en silencio. No se escuchaba nada. Me dediqué a toquetear impacientemente la culata de mi pistola. En cuanto escuché que subían por las escaleras metálicas que comunicaban la planta baja con mi pasillo me cuadré e intenté respirar con tranquilidad. Nos habían dicho que no podíamos dar ninguna muestra de debilidad o compasión. Aquel hombre no merecía nada.

El gran mono naranja contrastaba con los uniformes verdes de camuflaje. Las esposas traqueteaban, retumbando en mis oídos. De cerca era aún más impresionante. Tenía una densa barba de un color azabache, muy desaliñada. Desprendía un olor penetrante y me di cuenta de que llevaba bastante tiempo sin ducharse. Cuando se encontraba a escasos metros de mí, fui consciente del monstruo que tenía delante. Todos los asesinatos que había cometido. Todos los atentados. Todas las vidas que se había cobrado por su supuesta fe. Por su dios. Entonces me miró. Levantó la cabeza ligeramente para posar sus ojos en los míos. Eran oscuros y penetrantes. Y en ese instante recordé temblando aquello que decía mi madre de que los ojos son el espejo del alma. Sonrió. Y tuve miedo.

Sé cómo me llaman. Los escucho hablar de mí antes de traerme la comida. Nunca en mi presencia. Sé lo que piensan. Lo veo reflejado en sus caras cuando los miro. Veo sus ojos. Veo su miedo, su terror, sus ganas de huir. Lo huelo. Sé que esperan impacientes el día de mi muerte y que, si sus superiores se lo permitieran, me matarían hoy mismo sin dudarlo. Creen saber quién soy, qué he hecho y por qué. Creen conocer mi historia. Y lo peor de todo, creen conocer la verdad. No saben nada. Pobres ignorantes.

Me mantienen recluido en un espacio minúsculo. No tiene mobiliario ni ventanas. He olvidado el color del cielo. Duermo en el suelo duro y frio, peor que un perro. Hay un pequeño agujero en una esquina del habitáculo. Demasiado pequeño. A veces el olor es insoportable. Algunas madrugadas me despierto atado y desnudo y recibo un manguerazo de agua fría. Sé que esas noches me echan drogas en la cena para que no pueda hacerles nada. Tampoco haría nada por escaparme. No soy estúpido. Sé que es imposible. Y lo más importante de todo. Soy inocente.

No quiero convencer a nadie de ello. Ya lo intenté sin éxito delante de varios tribunales. Las pruebas apuntaban en mi contra. Sobre todo lo hacían mi raza y mi religión. Y porque además era pobre. Tener los amigos equivocados no le convierte a uno en culpable. Ni el pasado. Reconozco que he cometido muchos fallos a lo largo de mi vida. Que no soy ejemplo de buena conducta. Y que tengo una lista bastante larga de pequeños delitos. Sí, lo reconozco. Fui un buscavidas, un ladrón. Pero nunca un terrorista.

Nunca fui querido en este país. Aun habiendo nacido en él. Aun siendo mi país. Mi amado y querido país. La tierra que me vio nacer y de toda mi infancia, me rechazaba por mis orígenes, por la procedencia de mis padres. El gobierno unificaba al pueblo con el odio al diferente. Gracias a la guerra, el resto del mundo era el enemigo. Yo era parte de aquel enemigo de aquella tierra lejana. Mediante esta política de exclusión, de centrar la culpa en los demás, los que estaban en el poder podían alejar de ellos toda responsabilidad. Un país siempre en guerra, no tiene tiempo de rebelarse.

Pero yo soy el animal. Soy el enjaulado. Privado de toda libertad, de todo derecho. Mis asesinatos, aun inexistentes, son juzgados con dureza. Los suyos son justificados por la falsa búsqueda de un bien común. Una mentira bien construida no deja ser una mentira. Estos autoproclamados hombres buenos dicen haber encerrado a una horrible bestia. Pero es esta nación, esta bestia, la que ha encerrado a un hombre bueno. Yo no seré el último. Y eso, me da miedo.