Gris

Publicado por Carlos Mejías el 21 de Septiembre de 2016

Sobre la mesa de la cocina, esparcidos aleatoriamente por toda su superficie, se encontraban un vaso de agua para limpiar los pinceles y pequeños botes de pintura de colores. A su espalda, cerca de la vitrocerámica, varios folios con dibujos inacabados. La mitad del rostro de su profesora, dos perros jugando con una pelota no terminada, un coche sin ruedas. Aún incompletos demostraban un talento inusitado en una niña que apenas empezaba a leer.

Sentada sobre sus propias rodillas encima de un alto taburete, afrontaba pensativa el inicio de un nuevo proyecto. La hoja de papel blanco se le antojaba insulsa y triste pues ella amaba los colores. Había abandonado apresuradamente todos sus bosquejos anteriores porque en ninguno era capaz de utilizar más de tres tonos distintos y ella quería utilizarlos todos. En su joven mente empezó a surgir un brote de inspiración. La cúspide natural del colorido. Cogió todos los botes y los ordenó haciendo una pequeña fila. Rojo, naranja, amarillo, verde, celeste, azul y violeta.

Su padre la observaba apoyado en el marco de la puerta. Admiraba la elegancia innata que la niña demostraba en cada pincelada. Era buena pero lo más importante es que era feliz. Mientras ella iba creando poco a poco un arco cuasi perfecto sobre su lienzo, él se fue acercando sin hacer mucho ruido hasta colocarse a su lado. Tocó ligeramente su hombro para sacarla suavemente del estado de concentración en el que se encontraba y cuando ella le prestó atención, la abrazó con fuerza como intentándolo transmitirle en ese preciso instante que la apoyaría el resto de su vida en todas las decisiones que tomara. La soltó y la dejo continuar con el proceso creativo. Antes de abandonar la habitación, echó un vistazo a la semicircunferencia hecha por la niña. Solían gustarle más los retratos o los paisajes pero reconocía en aquella curva de siete grises degradados la marca inequívoca del arte.