Fotosíntesis

"Yo no necesito encerrarme, yo necesito amor, comprensión y ternura."

Publicado por Carlos Mejías el 10 de Mayo de 2014

El primer día fue duro. Andaba un par de calles y me sentaba en un banco un par de minutos. Miraba el transcurrir de los viandantes hasta que me empezaba a sentir incómodo, entonces me levantaba, caminaba otros cientos de metros y volvía a buscar asiento en cualquier otro lugar. Paso a paso, llegué hasta un parque donde había un par de columpios, unos cuantos balancines y un gran tobogán. Los niños jugaban alegremente entre ellos bajo la atenta mirada de sus madres. Una de ellas incluso me sostuvo la mirada un rato. En aquel fatídico primer día, yo todavía era una persona como cualquier otra, incluso podría decirse que más atractivo que la mayoría. Pero desde ese momento, ya todo fue en picado.

A medida que iba anocheciendo, las madres iban llamando a sus hijos y llevándolos de vuelta a casa. Incluso aquella mujer que me había mirado tuvo que volver a su hogar, donde imagino que la estaría esperando su marido para cenar. Yo, sin embargo, no cené nada esa noche. Ni muchas de las siguientes.

Antes de que cualquier guardia de seguridad nocturno cerrará las puertas de aquel lugar y me echara, decidí que era mejor que me fuera yo. Anduve durante toda la noche. En las pocas ocasiones que intenté conciliar el sueño, el miedo, el temor del novato o quién sabe qué, me impidieron hacerlo. Quizás fue la falta de un buen colchón o el sentir una sábana cubriendo mis piernas. Sólo recuerdo que no pude dormir. No dormí en la que, quizás por ser el primer día, fue la más larga de todas las noches.

Cuando el Sol empezaba a salir, yo ya había revisado si había monedas olvidadas en todas las cabinas y máquinas expendedoras de la ciudad. No me llegaba ni para un café. Pero eso no me desanimó. Confiaba plenamente en mis capacidades y sabía que tarde o temprano iba a salir de aquella pesadilla.

Aunque siempre había sido alguien muy independiente, si tenía varios buenos amigos y bastante gente me debía favores, así que me encaminé a visitarlos. Seguro que alguno podía echarme una mano. Casi ninguna puerta se abrió para mí y las pocas que se abrieron fueron cerradas con pobres excusas y sin ninguna compasión. Y fue entonces, y sólo entonces, cuando empecé a sentirme solo.

Conseguí un pequeño cartón de una papelera y tras pedir prestado un bolígrafo a varias personas, logré que un sonriente camarero de un bar me prestara uno. Escribí con letra grande y clara. «Una limosna, por favor.» Busqué un sitio transitado de una gran avenida y me senté estratégicamente entre dos tiendas de ropa bastante conocidas. Mucha gente me miraba. Pasé allí horas y horas, pero nadie me dio nada. Pensé que quizás estaba demasiado limpio. Demasiado bien vestido. Quizás necesitaba rogar un poco. Soltar alguna lágrima. Yo recordaba haber dado limosna antes de estar en aquella situación. Quizás fuera el cartel.

Tras varias semanas, perdí la esperanza de volver a ser alguien. Aprendí a resguardarme en los portales o en las oficinas de los bancos para dormir. Y a utilizar los cartones como colchón, almohada y sábanas. Empecé a estar lo suficientemente sucio como para ganar unas pocas monedas diarias. Un tetabrick de vino y algo de pan. El mismísimo dios Baco estaría orgulloso de mí.

Tras varios meses, la calle era mi casa. Ya la sentía como mía. Estaba tan protegido en ella, que podía sentarme a pedir con los ojos cerrados, recibiendo los rayos del Sol en la cara, sólo abriéndolos levemente al escuchar el repique que hacían las monedas al chocar unas contra otras, cuando algún generoso caminante les había proporcionado una compañera. Porque había conseguido un cestillo para pedir. Todo un lujo.

Hoy, me he dado un paseo por aquel parque, aquel del primer día. Me he parado un momento a observar la alegría de los niños jugando. La belleza de sus madres. Incluso una de ellas me ha mirado. Si hubierais visto esa mirada... Y ha sido en ese momento, justo en ese momento, cuando he sabido que aún vivo, ya estaba muerto.