Fotografías

Publicado por Carlos Mejías el 7 de Febrero de 2015

Una gitana vieja impide con sus manos arrugadas que algunos caracoles, los mismos que está intentado vender, se escapen de las cajas de corcho blanco en donde los tiene recluidos. Un par de palomas andan bravuconas por en medio de la calle, sabiéndose a salvo puesto que hoy no pasan coches. Un niño pequeño las persigue y vuelan lejos. Una limpiadora sale de un portal con una fregona y un cubo de agua sucia y la lanza a los baldosines cerca de la alcantarilla, para que por allí se vayan escapando poco a poco las pompas de jabón. Dos señoras, con sus vestidos de flores y lunares, van cogidas del brazo, apoyándose la una en la otra, el paso muy lento, mientras que una de ellas va empujando un carrito de la compra. Parecen recién salidas de la peluquería. Un grupo de policías discute en una esquina la última ordenanza municipal y el partido de ayer por la noche, repartiendo su atención al debate y a la gente que pasea, a partes iguales. Más o menos. Una mujer lee el periódico de la mañana sentada en un taburete que milagrosamente consigue soportar su peso y sus orondas proporciones mientras que termina de beber su cuarto vaso de Coca Cola Light. En menos de media hora. Sobre su cabeza, cientos de trajes de flamenca con demasiados volantes esperan a alguna guiri con mucha ilusión y poco presupuesto. Dos yonkies se lían un porro sentados en un banco mientras que un señor con sombrero los mira curioso desde el bar de enfrente. Envidiando su libertad pero no la falta de dientes. Las cabezas de cuatro maniquíes sostienen cuatro pelucas deshilachadas mientras miran al respetable desde lo alto de un tocador sin espejo. Un vendedor le quita las hojas exteriores a una lechuga antes de ponerla junto a las otras. Le da la vuelta a un par de pimientos. Una madre primeriza le da al pecho a su bebé orgullosa mientras que habla con su vecino que, aunque intenta mantener la compostura, está colorado y mira al suelo. Un niño corretea alrededor de su abuelo. El hombre lleva las bolsas de la compra y el pequeño un paquete de churros de papa. Y los devora. Por entre todos ellos paseaba yo, otro Jueves cualquiera en la calle Feria. Y entre toda la gente, los cuadros, los libros de cuarta y quinta mano, los cacharros, los bártulos inservibles, las bicis robadas. Entre todo eso, llamó mi atención aquella cámara. No pregunté si funcionaba, no pregunté su precio, ni mucho menos regateé. La compré, la envolví en mi propio abrigo y corrí a casa.

Con las manos llenas de pequeños arañones, el sudor recorriéndome la frente y la moral hecha jirones, decidí darme por vencido. No iba a poder abrir el compartimento donde se introducía la película de aquella antigualla de cámara instantánea. Había buscado el modelo en internet nada más llegar a mi piso y había podido comprobar con alegría que era el nuevo y más que feliz propietario de un modelo rarísimo de Polaroid. Eso sí, estropeada. Ya me había imaginado dando paseos por la ciudad con ella, inmortalizando para siempre los detalles que merecieran la pena. Sin embargo, parecía que el destino le tenía reservada otra función a mi reciente adquisición. La de ser objeto de culto y admiración a aquellos que me visitaran. Y acumular polvo encima de la estantería del salón. Allí la coloqué, entre la enciclopedia y una edición ilustrada de Oliver Twist. Cogí la bufanda y el abrigo del perchero y me fui a la calle a tomarme un café.

Esa misma noche, al dar la décima vuelta sobre mi mismo para intentar buscar una forma en la que conseguir dormirme, abrí los ojos y miré al oscuro techo de mi habitación. No veía nada. A mi izquierda un despertador marcaba las cuatro y media de la madrugada. Me levanté, me calcé las babuchas y me dirigí a la cocina a por un vaso de agua. Mientras caminaba medio adormilado por el pasillo, me pareció vislumbrar una luz que relampagueó rápidamente en mi salón. Pero como llevaba los ojos medio cerrados, no le presté más atención. Hasta el segundo flash. Entonces comprendí que no podía ser producto de mi imaginación y que algo estaba produciendo esas ráfagas luminosas. En efecto, al acercarme comprobé como la cámara que había comprado esa misma mañana era la causante de las luces, al mismo tiempo, que estaba imprimiendo fotos y dejándolas caer al suelo desde lo alto del estante. Fui recogiendo las fotografías que estaban quedando esparcidas por todo el salón y, justo cuando acabé de coger la última, la cámara terminó su nocturna tarea y quedó otra vez silenciosa, apagada e inmóvil.

No sería capaz de explicar mi asombro cuando me puse a examinar las imágenes. Había instantáneas de muchos momentos de mi vida, algunas de las cuales juraría que nadie nunca había fotografiado. Había fotos de la primera vez que monté en bicicleta. Fue una calurosa tarde de Agosto en la playa. Allí plasmado en el papel podía ver a mi padre corriendo detrás de mí para intentar evitar que me estrellara, una mano en el sillín y la otra sujetando los ruedines que un instante antes había quitado. También había fotos de aquel viaje de fin de curso que hice con mis amigos a Roma. Y de cuando Antonio y yo meamos detrás del Coliseo. Incluso había una foto mía paseando esa misma mañana por el mercadillo. Era todo muy raro. Muy desconcertante. Y mayor fue mi extrañeza cuando encontré entre aquellas pequeñas láminas cuadradas, la foto de un boleto de lotería para dentro de dos días. 10215. Ni que decir tiene que a la mañana siguiente no lo compré. Y ni que decir tiene que dos días más tarde, para mi desesperación, tocó.

Los meses que prosiguieron son indescriptibles. Podríamos resumirlos en que me volví loco. Cada noche, la vieja cámara escupía sus imágenes, sus fotografías, y yo las esperaba sentado en el sofá. Con ilusión, con añoranza y también, como negarlo, con algo de miedo. Ese horrible y ,al mismo tiempo, amado aparato me devolvía mis recuerdos, me describía mi presente y me ofrecía unas posibilidades futuras que me obligaban a vivir pegado a él. Su interior albergaba mi vida. La conocía. Y yo me iba desviviendo sentado en aquel cuarto. Mi barba fue creciendo, desmadrándose, como también el miedo y el resentimiento entre mis vecinos. Las pocas veces que necesitaba bajar al mercado a por comida o productos básicos de higiene, pude ver en sus caras la desconfianza que crecía en ellos. Yo ya lo sabía y ellos estaban descubriendo mi locura.

La cosa sólo podía ir a peor y ,evidentemente, fue. La Polaroid empezó a lanzar fotos a todas horas, tantas que me era imposible verlas todas. Al principio me afané en intentar ordenarlas e intentar evitar que invadieran mi casa pero al final lo consiguieron. Empezó a hacérseme imposible andar de una habitación a otra sin resbalar. Y todos los muebles y asientos fueron tomados por miles y miles de imágenes. Mi primer cumpleaños. La Navidad que me regalaron la PlayStation. Aquella vez que me rompí la muñeca jugando al básquet. Y aquella otra que fui campeón de Andalucía con mis amigos del instituto. Aquel polvo que casi me convierte en padre. Y aquel carnaval al borde del coma etílico. El último examen de Derecho. Y la fiesta de Graduación. Un montón de resacas. El funeral de mi tío que, que yo supiera, seguía vivo. La portada de aquel libro que tenía en mente y que nunca empecé. Ese jodido día en el que me robaron el reloj de oro, que en ese mismo instante llevaba en la muñeca. El baño del trabajo donde tantas veces había evacuado. La noria de Londres. Tantísimas imágenes me rodeaban, que me ahogaban, que empezaba a faltarme el aire, de una forma claustrofóbica estaba siendo secuestrado por esos pequeños trozos de papel. Y fue entonces cuando la vi. La fotografía salió de la cámara y voló hasta un pequeño montón que se había formado al lado de la alfombra. Con mucho esfuerzo, para no tropezar y no perderla de vista, conseguí agarrarla. Y admirarla. Sin saber si era parte de mi pasado, un pasado del que nada recordaba, la examiné. Qué importaba mirarla si ya me había enamorado. Allí estaba ella, en la ladera de una gran montaña nevada al borde de un lago, completamente abrigada, mirando fijamente, con ojos enormes y expresivos, a aquel que hubiera hecho la fotografía. Podría intentar describir su sonrisa pero perdería el tiempo. Esa sonrisa, como si se tratara de un dios, sólo puede imaginarse. La garré con fuerza y la apreté contra mi pecho buscando que me hablara y me indicara el lugar, al sitio donde tenía que dirigirme, donde empezar a buscar. Fue en vano.

Los bomberos tardaron en sofocar el fuego. Tantísimo papel acumulado en aquellas habitaciones, las hizo arder con fuerza. Nada se salvó. Los muebles de madera fueron reducidos a ceniza. Carbón negro tiznaba las paredes. La vieja y estropeada cámara, justo antes de ser devorada por las llamas, pudo escupir sus últimas ideas, imprimiendo una gran obra final. La imagen detallada y estridente de mi tumba. A cincel grabada la fecha de mi muerte. No me importo. Jamás llegué a ver esa foto. Los pies dentro del inmenso lago azul, el sol en el cielo, una ligera brisa veraniega que nos abanica. Tiro piedrecitas al agua y observó las ondas que provocan. Nuestros hijos jugando con el perro. No hay preocupaciones. Su sonrisa divina. La quiero, me quiere. Por favor, que alguien nos haga una foto.