Espadas y escudos

Publicado por Carlos Mejías el 3 de Agosto de 2016

La fragua emitía una cegadora luz rojiza. El carbón crepitaba incansable mientras que pequeñas chispas anaranjadas escapaban del fuego y se desvanecían completamente al llegar a cierta altura. Era hipnótico verlas volar, fugaces e intensas pero leves, como pequeñas luciérnagas nocturnas. La tristeza de ver morir una de ellas era sustituida al instante por la más inmensa de las alegrías al ver renacer de las llamas a una nueva hermana. Su claridad contrastaba enormemente con las sombras desprendidas por el resto de la estancia. La noche era oscura y el silencio sólo era roto por el golpeteo incansable y rítmico del martillo sobre el yunque. Con una periodicidad exacta, el hierro modelaba el hierro, a base de fuerza bruta.

Miraba a su padre de reojo, viéndole forjar aquella espada. Había visto como en poco tiempo, había pasado de ser un vasto trozo de hierro a un magnífico artilugio para la guerra. Siempre observaba la fabricación de las espadas con envidia. Sentía el deseo incontrolable de aprender a afilar los filos con el cuidado y dedicación que veía hacerlo a su padre, el maestro herrero. Lo admiraba. Le tenía un enorme respeto. Y, sin embargo, no podía evitar odiarlo un poco cuando día tras día, le obligaba a seguir fabricando aquellos dichosos escudos. Siempre encontraba el más mínimo error que hubiera cometido. “Un buen escudo no acepta descuidos.”, solía decirle. Estaba decidido a plantarle cara a su padre. Quería forjar la mejor espada que se hubiera hecho nunca.

A la mañana siguiente, mientras iban de camino a la herrería, decidió sacar un poco de coraje y decirle a su padre todo lo que sentía.

-No quiero fabricar más escudos inútiles. He trabajado muchos años contigo y te he visto hacerlo aún más años. Soy tu primogénito y, si Dios lo permite, el futuro heredero de la herrería. Quiero trabajar contigo codo a codo, haciendo lo más importante, las espadas.
-Los escudos no son inútiles.
-En mi opinión lo son. Y aún si no lo fueran, quiero forjar espadas, quiero servir al reino, como tú.
-Harás escudos.
-No, no los haré. Haré espadas contigo o las haré por mi cuenta pero no haré más escudos.
-Acompáñame.

Se quedó unos segundos inmóvil al ver como su padre se salía del camino que llevaba a la herrería y se dirigía al otro extremo de la ciudad. No solían frecuentar aquella zona puesto que trabajaban de sol a sol y aquel era un barrio humilde, sin apenas tiendas y sin nada remarcable que ver. A medida que andaban, empezó a ver mendigos en las aceras y quedó totalmente atónito al descubrir que la mayoría de ellos estaban mutilados.

-¿Quiénes son, padre?
-¿No lo sabes?
-No, no lo sé.
-Yo les he hecho esto.

El joven muchacho se paró en seco al escuchar a su padre decir aquellas palabras. Su padre siguió andando unos pasos antes de comprobar que su hijo no le seguía. Se giró sobre sí mismo, lo miró lastimosamente y volvió hacía él.

-Sí, hijo mío, yo les hice esto. Estos valientes hombres que ves tirados en el suelo, desprovistos de toda su dignidad, son excombatientes. Soldados del reino. Yo forjé las espadas que ellos llevaron a la guerra y también las espadas con las que ellos mataron a sus enemigos. Enemigos que también tenían una vida y, posiblemente, una familia. Y tú, hijo mío, hiciste sus escudos. Los escudos que los protegían, los escudos que los salvaron, los escudos que los devolvieron aquí, a su tierra, a su hogar. Nunca más vuelvas a decir que una odiosa espada es más importante que un escudo. Lo que mata siempre es peor que lo que salva. Tanto en la guerra como en la vida. Yo no puedo permitir que lleves en tu conciencia el peso de la muerte que yo soporto. Ama la vida y sálvala, haz escudos mientras puedas.

***

Ya no en la guerra. Que también. En la vida. Con vuestra familia, con vuestros amigos, con vuestras parejas. Con todos. Todos los días, todos los años, todo el rato. Siempre, siempre, siempre. Amad el mundo, amad a la gente. Salvadlos. Haced escudos mientras podáis.