El tapón de corcho

Publicado por Carlos Mejías el 27 de Julio de 2013

La anciana se encontraba cosiendo en el porche de la casa mientras se mecía sosegadamente en su vieja mecedora de roble. Acercaba mucho, casi rozando, las agujas a los cristales de sus grandes gafas. Sus arrugadas manos eran lentas pero precisas y realizaban cada puntada con una automaticidad propia de la experiencia. Vestía ropa negra en señal de luto pero la tristeza no era visible en ella pues una enorme sonrisa lucía siempre en su rostro. De vez en cuando levantaba la vista para observar como sus nietos chapoteaban en las aguas del rio. Era este rio de los más caudalosos del país en su desembocadura pero allí donde se encontraban, tan cerca de su nacimiento, no era más que un simple arroyuelo de unos pocos metros de ancho y dos o tres pies de profundidad, perfecto para que los niños pudieran jugar allí sin que ella tuviera que estar demasiado pendiente y sin tener que preocuparse. Sin embargo, aunque no corriera suficiente agua como para ser un peligro, si era suficiente para hacer brotar a su alrededor gran cantidad de vegetación. El agua del rio daba vida al valle. Y allí, en este idílico lugar, pasaban los niños las vacaciones de verano junto a su abuela, en esa pequeña casita blanca perdida entre el verde y frondoso bosque.

La siguiente vez que alzó la cabeza, vio como los niños se organizaban para jugar con la pelota, haciendo los equipos. Se sonrió y volvió a su tarea. Pero a los pocos minutos, escuchó como alguien venía corriendo hacia ella llorando. Era el más pequeño de sus nietos, que se abrazó a ella, diciéndole que nadie lo quería en su equipo y no lo elegían porque era muy pequeño y todavía no era fuerte para jugar con los demás. La abuela sintió como la pena se apoderaba de ella, pues no sabía cómo consolarlo. Sentó al niño en su silla y entró en la casa, volviendo a salir a los pocos minutos. Cogió al pequeño de la mano y lo llevó hasta donde estaban ya jugando el resto de sus primos.

-Parad un momento, tengo que enseñaros algo-les dijo cariñosamente-. Es importante que aprendáis esto.

Los chicos siguieron a su abuela hasta un lateral de la casa, donde se paró. La vieja mujer se acercó a decirle algo al oído al nieto que llevaba todavía cogido de la mano, que se soltó, se fue corriendo y regresó rápidamente con una piedra entre las manos, que entregó a su abuela. Tal como se la ponía en la mano, la señora enseñaba a los muchachos un pequeño tapón de corcho que llevaba escondido en la otra mano, poniéndolo junto a la piedra.

-Quiero que me digáis que es más fuerte si esta dura roca o el tapón de corcho-dijo lentamente, mientras los miraba a los ojos-.Pensadlo bien.

Tras unos minutos de reflexión, fue preguntando uno a uno a todos sus nietos y todos coincidían. Efectivamente, para todos ellos, la piedra era más fuerte. Tras escuchar sus respuestas, dio el tapón de corcho al más grande de los chiquillos y la piedra al pequeño que había sido burla del resto de sus primos y les pidió que la lanzaran con todas sus fuerzas contra la pared de la casa. Al hacerlo, la piedra se rompió en varios trozos al impactar contra el muro, sin embargo, el tapón rebotó, intacto. La señora recogió el tapón y les rogó a sus nietos que la acompañaran a un último lugar y que luego podrían seguir jugando. Los chiquillos siguieron sin pensárselo a su abuela hasta el borde del río.

-Decidme ahora-les dijo-. Si tiro el tapón y esta otra piedra al rio, cual se irá hasta el fondo y cual flotará.

Otra vez, todos estuvieron de acuerdo. El tapón iba a flotar, la piedra era demasiado pesada para hacerlo. Ante el asombro de los niños, la abuela sacó un pequeño hilo del bolsillo y ató la piedra al tapón y luego los tiró al agua. El tapón de corcho, aunque no flotaba con la misma facilidad que si lo hubiera hecho solo, seguía haciéndolo, y a la misma vez impedía que la roca se hundiera.

-Esto, niños míos, son las cosas que quería enseñaros. No os dejéis llevar por las apariencias ni las primeras impresiones. En ocasiones, hay personas que parecen fuertes y duras que en realidad no lo son y personas que a simple vista parecen débiles que son capaces de soportar las más difíciles pruebas que les ponga la vida. No juzguéis sin conocer. La otra cosa que quería que aprendierais es el poder del trabajo en equipo. Todos somos distintos, todos tenemos nuestros defectos y cometéis un grave error clasificando a las personas por estos últimos en vez de por sus cualidades. Buscad siempre lo que los demás pueden aportar a vuestra vida. Ya lo habéis visto, al principio todos pensabais que la piedra era más fuerte, sin embargo, sólo el tapón resistió el duro golpe contra el muro. Luego, ninguno creísteis que una piedra fuera capaz de flotar y, sin embargo, con ayuda del corcho, lo hizo.

Tras decir estas palabras, la abuela dejó a sus nietos al borde del rio y fue a sentarse de nuevo en su vieja mecedora. Para cuando llego y se sentó, los niños ya jugaban todos juntos a la pelota. La anciana los miró, sonrió y siguió cosiendo.