El sonido del silencio

Publicado por Carlos Mejías el 7 de Enero de 2014

Anoche soñé que te escuchaba. Era ya tarde y sólo podía oír tu respiración acompasada. Intenté acoplar cada uno de mis latidos a tu ritmo intermitente. Por no molestar. En la oscuridad del cuarto fuiste perdiendo la ropa del mismo frágil modo en el que los árboles pierden sus hojas en otoño. La luna me miró y me obligó a no mirar. Tu desnudez sería su secreto.

El colchón cedió descubriéndome tu cercanía. Esperé ansioso unos brazos que rodearan mi espalda, unas manos que sujetaran las mías o unos labios que besarán mi cuello. Mas sólo pude notar el frio en mis pies cuando preferiste imponer, a tu juicio, un reparto más equitativo de las sábanas.

No decías nada y así lo estabas diciendo todo. Podía notar que no dormías. La lucidez de tus pensamientos me desvelaba. Fui a gritarte que pararas cuando te levantaste. No hubiera podido impedírtelo, así que ni lo intenté.

Arrastraste la maleta hasta la puerta de casa golpeándola en casi todos los quicios. Rebotando en cada lugar de mi mente y rasgando los recuerdos. Noté tus ojos clavados en mí cuando miraste por última vez hacia la cama. El ruido infernal del acero creando un amasijo inconexo con mi yo más cobarde. No me moví. No intenté entrever tu rostro agazapado tras la almohada. Cerré mis sentidos a la percusión de tu huida por las escaleras de nuestra casa.

Después de tanto tiempo. Anoche, como todas las demás noches, volví a soñar que te escuchaba.