El río

Relato ganador del II Concurso 'Cuentos de terror y misterio' de Gelves

Publicado por Carlos Mejías el 12 de Mayo de 2016

Las calles olían a fresca primavera. Los naranjos lucían orgullosos sus blancas flores de azahar y llenaban el aire con su dulce perfume. El aroma a pan recién hecho y a melosas torrijas inundaba la atmósfera del pueblo. Los niños jugaban a la pelota en la plaza del ayuntamiento, libres de toda preocupación. Saltaban, reían, gritaban. La mañana estaba clara y el cielo despejado y celeste. Un sol imponente se empezaba a levantar, augurando un día brillante y alegre. No había ni una nube en el cielo y una ligera brisa despeinaba los cabellos. Los hombres a caballo saludaban con galantería a las damas al pasar. Y aquellos que tenían sombrero se lo quitaban y se inclinaban a besar sus delicadas manos. El júbilo propio de las gentes del sur se dejaba notar en el ambiente. La mañana llamaba a la alegría y al entusiasmo y parecía demostrar que el buen clima cría buenas personas.

Él avanzaba con paso decidido y firme. La cabeza alta, el pecho erguido y los hombros rectos. En su mano derecha un cubo metálico firmemente asido. En la izquierda una caña de pescar ajada por el continuo uso y el paso de los años. Vestía como un campesino más pero sus formas no casaban con las de alguien de su posición. Era un muchacho engreído y altanero. Acostumbrado a tratar con menosprecio a los demás, se creía siempre en posesión de la verdad cuando hablaba. No tenía ningún amigo y, por lo general, aquellos que lo conocían evitaban cruzarse con él. Sin embargo, él se sentía feliz en una soledad que él creía autoimpuesta; pues en su opinión, nadie era merecedor de su valiosa compañía.

De pronto, un niño lanzó inoportunamente el balón, dándole en la espalda. Se giró bruscamente y buscó al chiquillo que, atemorizado, se había escondido detrás de un banco de hierro forjado. El pequeño lloraba desconsolado, conocedor del mal carácter de aquel hombre. El resto de críos habían huido rápidamente a refugiarse en sus casas en cuanto la bola impactó contra la columna de aquel despreciable individuo. En cuanto se halló frente a frente con el muchacho, lo cogió por una oreja y lo arrastró hasta el centro de la plaza. Allí empezó a golpearle el trasero con fuerza hasta que le empezó a picar la mano y le forzó a que le suplicara perdón. Lo dejó ir tras advertirle que en la próxima ocasión no sería tan compasivo.

Orgulloso de su actuación, caminó hasta la orilla del enorme río Guadalquivir. En aquel retiro fluvial, incomunicado del mundo, pasaba días enteros pescando. Lanzaba el anzuelo lo más lejos que sus fuerzas se lo permitieran y se limitaba a esperar tumbado en la verde ribera. Allí entre los altos juncos las horas corrían sin freno, ilimitadas por ningún reloj. Los pensamientos volaban libres por su mente ajenos a todo, salvo a cualquier ligera perturbación del sedal o de la superficie del agua que delatara la presencia de algún pez. En aquel lugar solitario, él era el soberano absoluto. Sus mandatos eran la ley pues él era, al mismo tiempo, amo y siervo del margen del río.

En la quietud y el sosiego de aquel lugar se quedó plácidamente dormido. Soñó que era el rey de un vasto reino y que sus súbditos se contaban por miles. Fantaseó con la fuerza del poder de sus ejércitos, con las sangrientas batallas en las que lucharía y en sus incontables victorias. En ellas mostraba su sentido del honor y del deber y todos le respetaban por ello. Codició los más suculentos tesoros y creyó poseerlos. Más su subconsciente también le mostró el placer del amor que tanto anhelaba y del que tanto renegaba en su lucidez.

Se despertó inquieto y empapado en un sudor frío y agobiante. Su caña de pescar y su cubo habían desaparecido y el sol se empezaba a esconder impregnando de una luz rojiza todo el horizonte. Una ira sanguinaria le recorrió el cuerpo al creer que alguien se había aprovechado de su indefensión para hurtarle sus preciados bienes. Intuía que había pasado muchas horas atrapado en los brazos de Morfeo y que pronto la noche caería sobre su cabeza. Si quería encontrar al ladrón debía hacerlo rápido, antes de que fuera demasiado tarde. Dando por hecho que había sido víctima de un robo, no perdió ni un segundo en buscar por la zona ni en el propio río y salió disparado hacia el pueblo.

Pensó que si alguien le había robado, habría tenido tiempo de esconder el botín en algún lugar seguro y habría ido posteriormente a beber y a regodearse de su hazaña con los demás vecinos del pueblo. Sin embargo, la taberna de la calle Real estaba cerrada a cal y canto. Le extraño al no ser festivo pero continuó inmerso en su búsqueda sin pararse demasiado a reflexionar. Un silencio sepulcral le dolía en los oídos. Ni un grito de niño, ni el cantar de un pájaro en su nido. Había un baño de color gris en las fachadas y un temblor de alarma en los latidos de su corazón. Iba por las calles llamando a todas las puertas que se iba encontrando pero ningún vecino salía a su encuentro.

Recordó que no muchos años atrás, el párroco del pueblo le había ayudado inmensamente cuando sus padres murieron. El anciano sacerdote había ejercido como mentor y protector hasta que su orgullo y altivez le alejaron poco a poco de aquel buen hombre. Pensó que quizás él podría volver a ayudarle en aquella ocasión aunque hiciera tanto tiempo que no sabía nada de él y que no se había preocupado por aquel octogenario. Pero al llegar a la parroquia de Santa María de Gracia, el pánico inició un rápido peregrinar por su espina dorsal haciéndole tiritar. El enorme portón de su entrada se alzaba frente a él. Cerrado, clausurado e impenetrable. Reuniendo la poca valentía que le quedaba, llamó a la puerta. Esperó oír en su interior los pasos del cura pero nada oyó. Volvió a llamar. Y nada obtuvo por respuesta. Urgido por la necesidad de encontrar a alguien que le explicara que estaba pasando, volvió a llamar. Esta vez, como única y grandilocuente respuesta, una campana empezó a repicar con potencia en lo alto de la iglesia. Asustado, se precipitó despavorido lejos de allí.

Ahogado por el esfuerzo y movido por la inercia, llegó sin darse cuenta hasta la puerta de su casa. Se sentó en el escalón de la entrada y lloró como no recordaba haberlo hecho nunca. Solo como siempre había deseado, se sentía desamparado y desprotegido. Añoraba la presencia de los demás y sintió por primera vez en su vida la necesidad de tenerlos cerca y sentirse arropado. Pero allí no había nadie más que él. Estaba completamente solo. No tenía a nadie en la vida. Ni tenía familia, ni tenía amigos y nunca había conocido el amor ni había luchado por encontrarlo. Pensó en sus padres. Evocó la figura de su padre. Siempre tan correcto, tan educado, tan perfecto. Su larga enfermedad, sus eternos días en la cama, los gritos de dolor y desesperación, su madre sentada a lo lado en su cama hasta el día que Dios se lo llevó. Recapituló aquellas jornadas amargas. Sus idas y venidas de la casa familiar sin reparar en su pobre madre. Sus habituales y violentas borracheras y las posteriores e insoportables resacas. El doble dolor de su madre; por la muerte de su marido y el despropósito en que veía que se estaba convirtiendo la vida de su hijo. Y finalmente la muerte de ella; que aunque los médicos lo achacaron a un problema del corazón, él sabía perfectamente que se había producido por la pena que arrastraba aquella santa mujer.

Recordó en ese instante, a todas las mujeres que habían intentado amarlo alguna vez y él había rechazado con desprecio, alegando que ninguna era suficiente para él. Recordaba a Juana de cuando eran chiquillos. Sus dos coletas rubias sobre la cabeza y el hoyuelo de su barbilla. Se acordaba perfectamente de los intentos de la chiquilla por complacerlo, compartiendo con él sus mejores juguetes y como él se burlaba siempre de todos sus esfuerzos. Estaba también Lucía. Ella podría haber sido su primer amor adolescente en aquel verano cálido de hacía ya una década. Bella e inteligente. Con una conversación profunda y energética; él menospreció sus ganas de aventura y libertad y ella fue lo suficientemente lista como para olvidarse rápidamente de él. También estaba Manuela, que quiso casarse con él y darle hijos pero de quien él se aprovechó para sus más viles instintos carnales y luego abandonó. Y había algunas más, cuyos nombres no recordaba pero a las que sabía que había lastimado. Y volvió a llorar con más ímpetu.

Un cuervo negro sobrevoló entonces por encima de su cabeza y fue a posarse a escasos metros de donde se encontraba. El oscuro pájaro lo miraba fijamente, batiendo regularmente sus alas pero sin romper a volar de nuevo en ningún momento. Picando allí y allá entre los adoquines, parecía buscar algo para comer pero sin éxito. Él observaba embelesado el color azabache de aquel animal. Deseo tocar su plumaje y sentir su tacto, que imaginaba aterciopelado. El ave volteó su cuerpo hacia él mientras emitía un agudo graznido, que él interpretó como una invitación a acariciarlo. Lentamente, en un movimiento casi imperceptible, fue desplazando su mano hacia el cuervo, que se mantenía ahora en silencio. A pocos centímetros del contacto, el curvado y afilado pico del pájaro se precipitó con fuerza sobre sus dedos, picándoselos y provocándole un enorme dolor. Mientras desaparecía volando en las alturas, la sangre brotaba de sus heridas y caía gota a gota contra el suelo.

Sintió en su interior el deseo de quitarse la vida. No deseaba vivir en el más profundo desamparo y abandono. Y por ello se encaminó nuevamente hacia el río, donde había ido aquella mañana, cuando no se imaginaba en absoluto lo que iba a suceder. Anduvo pausadamente el camino de tierra que llevaba hasta su destino. Las flores brotaban a ambos lados del sendero. Crecían dispersas entre las rocas pero alejaban sus pétalos de él y parecían esquivar su presencia. Una vez de vuelta en el río desanudó sus cordones y se quitó los zapatos y los colocó con solemnidad sobre la hierba que bordeaba el río. Introdujo los pies lentamente en el agua y se quedó allí de pie, petrificado.

De repente, arrastrado por la corriente de agua vio un bulto que flotaba. Quieto en su posición, vio con terror como aquella mole que se dirigía hacia él, era un cuerpo humano. Sin dudarlo, se lanzó a sacarlo de las aguas para salvarlo. Agarrando con todas sus fuerzas a aquel hombre, lo sacó del cauce y lo colocó boca arriba en tierra firme. En las manos, con una fuerza impropia de un cadáver, llevaba cogidos un cubo y una caña de pescar. Las facciones hinchadas, el hedor putrefacto, las ropas húmedas y enverdecidas. Sus ojos abiertos como sorprendidos. El rictus en una mueca triste y nostálgica como la de aquel que rememora tiempos mejores. Plasmado en todo su ser un sentimiento de amargura y melancolía. Un estremecedor grito inaudible salió de su garganta al descubrir allí tumbado, su propio cuerpo ahogado en el río. La muerte solitaria como lo fue la vida. Su espíritu condenado a vagar sin rumbo, insalvable para toda la eternidad.

Cuentan que cuando encontraron su cuerpo varios días después, los hombres que de allí lo sacaron sintieron un frio atroz que les rodeaba el cuerpo, como un roce espectral. Cuentan que a la misa por su alma y al posterior entierro, sólo asistió el párroco que las celebraba pero que la campana de la iglesia no cesó su repique durante toda la celebración. Cuentan que incluso hoy en día, cuando se pasea por los márgenes del río Guadalquivir a la altura de Gelves, uno puede escuchar un susurro fantasmal que ruega por un abrazo y suplica perdón.