El ocaso

Publicado por Carlos Mejías el 16 de Abril de 2012

Año 2036 de nuestra era. La crisis de principio de siglo, el segundo Great Crash, había llevado a la humanidad a la inevitable y cruenta 3ª Guerra Mundial. Ciudadanos de todo el mundo tomaron las armas y salieron a la calle a matarse entre ellos sin escrúpulos, en una gran guerra civil internacional. El olor a sangre inundaba las grandes urbes del planeta. Pero el verdadero problema era el hambre. Escasos, por no decir nulos, eran los recursos y el precio de los artículos era tan elevado que ni los más ricos podían obtenerlos con facilidad. La tumba de la especie humana estaba empezando a cavarse. Los políticos se esforzaban en reconducir la difícil situación, sin olvidarse de obtener el máximo beneficio posible.

Y con este desgraciado ideal se celebró la Cumbre de la Unión. Durante días, hombres y mujeres de todo el mundo discutieron sin descanso, buscando la solución a los problemas de la Tierra. Maldita y mil veces maldita reunión de supuestos expertos. Fue imposible para los periodistas que se encontraban en el acto describir la expresión de sus rostros. Reflejaban la verdadera tristeza de aquel que aún sabiendo que obra mal, no tiene otra elección. Las portadas de los diarios, o mejor dicho de los pocos que aún quedaban, se hicieron eco de los planes que se iban a tomar. Y por mucho que lo intentaron atenuar, la población horrorizada, tembló de miedo. Selección humana artificial la llamaron, pero los susurros hablaban del exterminio. Todos los ancianos fueron sacados de sus casas y aniquilados en fosas comunes. Se analizaron los historiales clínicos y se asesinó a todo aquel con cualquier enfermedad que le hiciera mínimamente dependiente de otro. Las cárceles fueron derrumbadas olvidando en su interior a los presos para toda la eternidad. Los menores de edad fueron arrebatados de sus familias y puestos a trabajar en lugares lejanos, mientras que estas fueron obligadas a hacerlo en sus lugares de origen. Fue el error definitivo del ser humano. La gente perdió las ganas de luchar por seguir viva y aún teniendo suficiente comida, se siguió muriendo. Se sabía que era el fin y no importaba. Se quería y se necesitaba. Y llegó. La extinción absoluta. Sin hacer ruido, del mismo modo en el que se llegó, todo se acabó. El hombre, el más inteligente de los animales, capaz de superarlos a todos, acabó siendo el mismo, su único y más peligroso enemigo.

Y ya nunca más un hombre volvió a ver el sol ponerse tras el horizonte, escondido tras las nubes, teñidas de naranja en el atardecer. Y ya nunca más un hombre volvió a sentir ese roce del viento que te hace sentir vivo. Por su odio, su envidia, su codicia, su egoísmo. Como castigo, un castigo bien merecido, ya nunca más un hombre volvió a sentir nada.