El mosquito

Publicado por Carlos Mejías el 27 de Marzo de 2012

Las gotas de sudor resbalaban por las frentes de los asistentes al evento. Las ropas, frescas y limpias al salir de casa, se pegaban ahora a sus cuerpos y mostraban esos vergonzosos y tan antiestéticos surcos bajo los brazos. Al principio se agitaban banderas de apoyo al candidato , que poco a poco se fueron reemplazando por abanicos, y lo que al comienzo eran gritos de aliento se transformaron en suspiros de asfixia. Finalmente, cuando la desesperación ya hacia mella en el publico, el anciano político llegó en su flamante vehículo oficial rodeado de una multitud tan exagerada de escoltas, que bien podría decirse que era un simple alarde de altanería. Y de hecho lo era. Subió al atril, que llevaba preparado tantas horas, y se dispuso a dar el discurso tantas veces repetido a lo largo de la campaña.

El pequeño mosquito planeó un instante y luego se posó inconscientemente en su mano. Y es que este bicho, aparentemente insignificante, es realmente muy peligroso. Desorienta a sus víctimas con su inconfundible y mareante zumbido, haciéndolas creer que está en todas partes, cuando a la hora de la verdad, se esconde y es imposible de encontrar. Este despreciable animal, si es que merece el honor de ser llamado así, utilizará todas sus armas para conseguir su objetivo real, el de sangrar a sus presas sin esforzarse él, ni lo más mínimo. Es un chupóptero despreciable que no merece la vida. Sin embargo, el joven e inexperto insecto, aguijoneó la áspera piel del viejo, succionando la sangre que brotaba de la pequeña herida. A los pocos días, el pobre parásito murió, envenenado por el jugo de maldad, cobardía, soberbia, estupidez y un largo etcétera, que corría por las venas de aquel hombre. Un político.

Mas no es el mosquito, aún con su muerte, el único perjudicado. Todos los días, miles de personas son envenenadas por las mentiras de otras, y sus almas corrompidas. Todos los días, los ideales de los seres de buen corazón son tirados por tierra por aquellos que sólo conocen el odio. Todos los días, todos los días, todos los días. Y ya ha llegado la hora de decir basta. Nuestro turno ha llegado. Llevamos mucho tiempo escuchándoles, ahora nos toca a nosotros alzar la voz, ahora nos toca hablar, nos toca hacernos oír.