El libro de la vida

A Louise Brown. Envidiada y admirada por quedarte 'tan cerca' de esos 130 millones.

Publicado por Carlos Mejías el 22 de Mayo de 2015

En un ejercicio de equilibrismo digno de los mejores acróbatas circenses, dejó el libro encima de la gran montaña de apuntes, carpetas y archivadores que dominaban su mesita de noche. Cualquiera que lo hubiera visto girar todo el tronco mientras mantenía la silla sobre las dos patas traseras hubiera contenido el aliento esperando la caída. Pero repetía aquel movimiento diariamente, lo tenía dominado, e incluso lo realizaba con cierta gracia. Se recompuso frente a su escritorio y apuró el último sorbo de café que le quedaba en el vaso. Solo y con una pizca de azúcar. Necesitaba mantenerse despierto.

Había leído cerca de diez libros aquella semana. Y casi veinte en lo que llevaba de mes. De todos los géneros. De poesía, teatro, novela. Y de todas las épocas. Tampoco le había importado la nacionalidad del autor, sus creencias o su sexo. Estaba devorando libros a un ritmo feroz. Y, sin embargo, de entre todos ellos, ese último le había conquistado. El escritor había sido capaz de hacerle sentir lo que estaba describiendo con tanta fidelidad y exactitud que tras la muerte de la amante del protagonista, justo en la última frase del libro, había pasado más de media hora parado, mirando por la ventana.

Miró la gran pizarra que colgaba en un lateral de la habitación llena de números y anotaciones. Acababa de cumplir veinticinco años hace poco y si tenía en cuenta que la esperanza de vida en Europa era de unos ochenta y dos años, le quedaban aproximadamente sesenta años de vida. Y eso siendo muy optimista. Por suerte o por desgracia, el dinero no era un problema para él, puesto que siendo un poco inteligente e intentando no vivir con demasiados lujos, podría pasar el resto de su vida sin tener necesidad de trabajar. Así que pensaba que podría mantener el actual ritmo de lectura con bastante facilidad. Eso harían un total de unos quinientos libros al año. Quinientos libros al año durante sesenta años. Treinta mil. Sólo treinta mil. Aún dedicando todos sus esfuerzos a la grandiosa actividad de la lectura durante toda su vida, sólo podría leer unas decenas de miles de volúmenes. Y no había nada que pudiera hacer para cambiar eso.

Se quedó paralizado. Ya tenía entre sus manos el siguiente libro que debía comenzar a leer pero era incapaz de abrirlo. Ni siquiera se atrevía a mirar la portada. Todo era en vano. Además ni siquiera podía saber si los libros que iba a elegir para leer le gustarían. Es decir, ahora que lo pensaba, si sólo podía llegar a leer una cantidad limitada de libros, al menos querría leer aquellos que le gustaran. Pero ni siquiera eso estaba bajo su control. Había elaborado una lista de aquellos que consideraba que debía acabar aquel año basándose en listas de los más vendidos y en aquellos que todo el mundo solía considerar como clásicos de la Literatura universal. Pero, aunque era poco probable, cabía la posibilidad de que esos libros no le gustaran o que incluso no volviera a leer ningún libro que le gustara. El horizonte se le dibujaba cada vez más negro. Ahora le parecían estúpidos e infantiles sus sueños de ávido lector. Había comprendido al fin que no tenía sentido eso que intentaba alcanzar. Jamás podría leer todos los libros escritos a lo largo de la historia. No valía la pena ni intentarlo. Había fracasado.

Y lloró. Lloró como nunca había llorado en toda su vida. Lloró de impotencia, rabia y desesperación. Golpeó la mesa con todas sus fuerzas hasta hacerse daño y tiró con ira el libro que sostenía, contra la pared. Siguió llorando. Y sus lágrimas caían libres por su rostro. Nada le importaba. Ya nada importaba. Su vida no tenía ya una razón de ser, ningún objetivo. Más le valía morirse.

Los siguientes días los pasó deambulando sin rumbo por la calle. No quería volver a su casa y recordar que todas sus ilusiones se habían esfumado. Su casa era sinónimo de su derrota, así que paseaba desde las primeras horas de la mañana hasta que el sol se ponía al atardecer y entonces volvía allí para dormir.

Quizás porque intentaba evitar ,a toda costa, todo lo relacionado con su anterior y querido hábito y su mente se resistía o vaya usted a saber el motivo, no pudo evitar que su mirada se cruzara con aquellas letras impresas. Y aún menos pudo hacer para no fijarse en aquellos ojos que se medio escondían tras aquella portada y aquel título tan conocidos para él.

—Perdona que te moleste—dijo—.No me gusta molestar a nadie mientras lee. Pero este que estás leyendo es el último libro que he leído y puesto que me encantó y no es un libro muy conocido, me gustaría saber cómo has sabido de él.

—Ella acaba de morir.

—¿Cómo dices?

—Que ella acaba de morir…

Entonces él entendió lo que ella estaba intentando decirle. Comprendía perfectamente lo que estaba sintiendo en ese preciso instante pues él había sentido ese mismo desgarro en su alma hacía menos de una semana cuando había terminado de leer aquellas últimas frases de aquel amado y, al mismo tiempo, odiado libro.

—Lo siento. Lo sé. Yo también me sentí así.

—¿Por qué ha tenido que acabar así? Nada tiene sentido…

Mientras la escuchaba hablar, se sentó a su lado, agarró delicadamente su mano y la miró con dulzura a los ojos. No la conocía de nada y sin embargo quería hacerle entender que ambos se conocían ya muy bien. Amaban la misma historia, con su dolor y su tristeza. Sus corazones se agitaban con las mismas penas, se conmovían con las mismas tragedias. Como hacerle entender lo que había hecho por él. Nada tenía sentido en aquel momento para ella. Y si ella supiera lo que había hecho. Ahora todo importaba. Todo cobraba sentido. Quizás no podría leer todos los libros del mundo. Al igual que no podría conocer a todos los habitantes del mundo. Habría algunos que no merecería la pena conocer. Pero otros. Otros podían cambiarle a uno la vida. Y ahora al fin lo sabía. Valía la pena intentarlo.