El chico de la moto negra

“Si un hombre puede cerrar la brecha entre la vida y la muerte, es decir, si puede vivir después de su muerte, entonces tal vez era un gran hombre.”

Publicado por Carlos Mejías el 13 de Junio de 2016

Giró a la derecha y allí estaba. En la acera de enfrente de su casa. Medio oculto entre las sombras, alejado la distancia suficiente de la luz proyectada por la farola más cercana para que fuera imposible distinguir su rostro. Apoyado sobre aquella moto negra. Fumando y soltando el humo al cielo con aquel deje chulesco de quien se cree superior, fuera de toda norma y por encima de cualquier ley. La chupa de cuero negra entreabierta dejaba escapar el reflejo brillante de un colgante o de algún tipo de chapa. Tiró el cigarrillo al suelo en cuanto le vio llegar. Lo aplastó un poco con la suela de la bota y se montó en su moto mientras se colocaba un casco negro azabache. La encendió y la hizo rugir de la forma más ruidosa posible, como en un intento de despertar a todo el vecindario. Aceleró cuando el coche estaba a escasos metros y salió en dirección contraria, sin girar la cabeza cuando pasó a su lado. Nadie diría que había ido allí para buscarlo. El hombre aparcó extrañado su vehículo en su garaje, dándole vueltas a quién podría ser aquel muchacho pero se le olvidó todo cuando su hija le saltó al cuello nada más que abrió la puerta de su casa, gritando que le habían dado la beca que necesitaba para asistir a la universidad.

Se levantó para ir al servicio en mitad de la noche. Con los ojos prácticamente cerrados atravesó el pasillo y encendió la luz del baño. Su reflejo le fue devuelto por el espejo que había encima del lavamanos. Llevaba la barba canosa bastante desaliñada desde que había perdido su trabajo. Cada día que pasaba estaba más gordo. Estaba perdiendo todo el vigor físico de su juventud. Tenía que hacer algo para cambiar esa situación o todo iba a acabar muy mal. Mientras que pensaba en alguna solución de vuelta a la cama, algo le llamó la atención cuando miró de reojo a través de la ventana de su habitación. Había alguien parado de pie en la calle en plena madrugada. No le veía muy bien por la oscuridad y por las legañas de sus ojos pero estaba casi seguro de que era aquel chico de la moto de hace varios meses. Entonces sonó el teléfono. Una oferta de trabajo de una gran empresa norteamericana. Colgó y empezó a celebrar la gran noticia con su mujer que se había despertado sobresaltada con el timbrazo inesperado del teléfono. El hombre olvidó por completo al muchacho de la calle. Pero tampoco podría haberlo visto de nuevo a través de la ventana, pues hacía varios minutos que había huido de allí en su moto negra.

El hombre entró en la panadería apoyado en su bastón de madera. Saludó a la dependienta, pidió la vez y se sentó en un pequeño banquito en una esquina mientras esperaba su turno. Todo el establecimiento olía a pan recién hecho que se colaba por la nariz y abría el apetito. Había llevado una vida plena y dedicaba sus últimos días a pasear, a encargarse de los recados, a leer y a jugar con sus nietos. Podía decirse que había cumplido. No se había dejado nada por hacer en el tintero. La panadera le llamó, alzando un poco la voz, pues sabía que ya no oía muy bien. Él se acercó lentamente a recoger la bolsa de papel donde le habían guardado los tres bollos que se llevaba diariamente. Y fue mientras sacaba la cartera del bolsillo cuando lo sintió. Un dolor profundo que le nacía en el brazo izquierdo y le llegaba directamente al corazón. Sintió como un sudor frío le recorría todo el cuerpo y empezó a marearse. No llegó a notar como se caía y cómo todas las monedas que llevaba encima rodaban por el suelo del local, mientras todos los que estaban allí acudían a socorrerlo o llamaban para pedir una ambulancia.

Sólo escuchaba las sirenas retumbando en sus oídos. Sabía que llevaba una mascarilla de oxígeno porque la notaba sobre su cara pero no podía abrir los ojos para atestiguarlo. No se sentía con fuerzas. El camino al hospital le pareció extremadamente largo. Y cada minuto era clave. Las puertas del vehículo se abrieron estrepitosamente y notó una bocanada de aire entrando y recorriéndole desde las puntas de los pies hasta la frente. Le sacaron en camilla de la ambulancia. La cabeza se le tambaleaba libremente sobre los hombros. Abrió los ojos ligeramente antes de entrar por la puerta de Urgencias. Sus pupilas se clavaron en un solo punto a unos veinte metros de donde se encontraba. Apoyado fumando sobre una moto negra. Con una chupa negra de cuero. Allí estaba aquel muchacho. Igual de joven. Igual de libre. Con la misma actitud rebelde. Le sonreía. Y no se iba.