Condenado

Publicado por Carlos Mejías el 30 de Junio de 2012

Vacío. Como el inocente condenado a muerte que espera encerrado su triste final. Que anda sin sentido, pues no hay destino posible en su cautiverio. Cuatro pasos al frente, a la izquierda o a la derecha y se da irremediablemente de bruces contra el frio hormigón de los muros de su prisión. Mil veces puede recorrer este camino y mil veces encontrará dura roca inexpugnable. Y la historia se repetirá una y otra vez hasta que comprenda que esa es la única historia que existe para él, pues su destino escrito está por manos ajenas. Su voluntad hace tiempo que perdió todo su valor. Y cuando lo acepte, recordará tiempos mejores. Atisbará las decisiones que tomó en el pasado y se atreverá incluso a imaginar como hubiera sido su vida si hubiera tomado otras distintas.

Llorará. Y nunca sabrá nadie el verdadero motivo. Pues todos pensarán que la muerte y su cada vez más cercana presencia, acongojarían a cualquiera. Y que equivocados estarían. Pues respetando a la muerte, lo que de verdad teme el condenado es a la vida, a todo eso que podría haber sido y ya no será. Cuantas lágrimas derramará por este motivo. Cuantas lágrimas caerán para nada. El fin está cerca. Es inevitable.

Se dejará llevar, guiar hacia la horca. Pero no se arrastrará, ni suplicará misericordia. Sabe que todo eso será inútil. Caminará lentamente y con la cabeza erguida, mostrará orgullo hasta el último suspiro. No abandonará sus valores ni en el horrible momento de su muerte. Pues vivió como un hombre y como hombre morirá.

La cuerda rodeará su cuello y mirará a su verdugo, haciéndole saber con ese gesto que con su muerte reafirma una verdad. Que él llevaba razón, que era un hombre bueno rodeado de alimañas sin sentimientos. Y mientras la trampilla bajo sus pies se abra y su cuerpo caiga al vacío, dos palabras susurrará el condenado, que nadie escuchará, pero que el verdugo podrá leer perfectamente en sus labios. Y su vida acabará y no quedará nada. Pues que queda cuando se condena al amor a morir. Vacío. Y así soy yo, otra vez, como el condenado a muerte.