Como cada Viernes

Publicado por Carlos Mejías el 23 de Mayo de 2013

Entramos en esa cafetería como cada Viernes después de salir de fiesta. Esperábamos siempre al dueño sentados en el bordillo de la acera, completamente despeinados, con las camisas abiertas y echados unos sobre otros, muertos de sueño y cansancio pero terriblemente hambrientos. Más de una vez uno de nosotros tuvo que recurrir al hueco de la alcantarilla que teníamos bajo nuestros pies. El recurso oficial era que te había sentado mal la comida. Cuántas risas echamos esperando en aquella calle. Y siempre nosotros solos. Entrábamos dentro incluso antes que el propietario y le ayudábamos a colocar las mesas y las sillas mientras que cantábamos alguna canción de la radio y haciendo muchísimo ruido. Ya éramos casi como sus hijos. Sus hijos más fiesteros y más ligones. Éramos unos golfos. Nos sentamos todos alrededor de una mesa a desayunar mientras hablábamos de fútbol y de mujeres. Pero sobretodo de mujeres. Por eso se hizo el silencio cuando aquel grupito de chicas entró allí. Iban vestidas de fiesta. Vestidos cortos, tacones altos. Y aparentemente muy contentas. Se sentaron en una mesa muy apartada de la nuestra, cómo intuyendo que estando nosotros allí, ellas eran la presa y nosotros el cazador. Nos miraban, se reían y cuchicheaban. Algunos de mis amigos entendieron eso como una señal y se lanzaron a hablar con ellas, pero volvieron al poco rato, bastante decepcionados. Todas tenían novio. Era una causa perdida. Entonces la vi. No me había dado cuenta ni de que estaba allí hasta que me miró. Por un momento, un brevísimo instante, alzó su mirada, la posó en mis ojos y sonrió. Y yo sonreí también. Y a partir de ese segundo y para el resto de mi vida, la causa perdida ya siempre fui yo.

Otra semana más se acababa. Miré mi reloj. Apuré rápidamente los últimos sorbos de café. Total, ella ya no iba a venir. Hacía más de un año que no venía. Al principio, los dos acudíamos puntuales a nuestra cita diaria. Yo la esperaba sentado en mi mesa. Ella llegaba y se sentaba en la otra esquina del establecimiento. En las mismas mesas que en su día elegimos inconscientemente cuando éramos más jóvenes. Y desayunábamos juntos sin decirnos ni una palabra. Nunca había escuchado su voz. Iba pensando todas esas cosas mientras me incorporaba en mi asiento, cuando de repente la vi entrar por la puerta. Pero esta vez no venía sola. Un hombre enchaquetado la acompañaba con gesto serio, típico de personas importantes. Y ella venía empujando un carrito de bebé. Su rostro era tan bello como siempre pero sus ojos reflejaban una profunda tristeza. Desayunaron en silencio. Él no la miraba a ella ni ella lo miraba a él. El niño no hizo nunca ningún amago de romper a llorar. Acabaron pronto y se fueron. Pude ver a través de las cristaleras de la cafetería como se alejaban de allí. Y como ella justo antes de doblar una esquina, alzaba la cabeza y miraba hacia el bar.

El periódico repetía las viejas historias del pasado pero con diferentes protagonistas. Siempre la misma historia. Lo lancé sobre la mesa hastiado. Pero lo volví a coger para repasar las esquelas. Últimamente morían demasiados conocidos. Nuestro tiempo se estaba acabando. Es duro tener que decir adiós a los amigos pero resulta aún más duro no tener a nadie que te despida a ti. El local estaba vacío. Ya casi nadie desayunaba fuera de casa. Era una bonita costumbre que se estaba perdiendo. Llamé al camarero. El muchacho era el hijo de aquel hombre que en mi juventud me preparaba el desayuno y cuidaba de mí, mis amigos y de nuestras resacas. Le pedí que se sentara conmigo pues no quería desayunar solo. Pero fue él el que me pidió el favor de que cuidara de su bar mientras que iba un momento a por un recado. Y me quedé allí sólo. Al rato, escuché como se abría la puerta y entraba alguien. Y como un olor inconfundible pasaba por mi lado y como la dueña de aquella fragancia se alejaba de mí hasta su mesa. Allí en el rincón. Nos miramos una vez como llevábamos ya tantos años haciendo. Y aunque por fuera era otra, su interior era el mismo. Aunque no la conociera. Aunque no conociera ni sus ideas ni sus pasiones, ni sus ilusiones ni sus miedos. Podía leer en ella con sólo mirarla y ella podía hacer lo mismo conmigo. Transmitirnos en un segundo, lo que otros no podrían decirse en años. Estábamos solos por primera vez en toda nuestra vida. A escasos metros el uno del otro. Tan cerca. Abrió su bolso y sacó un bolígrafo. Cogió una servilleta y escribió algo sobre ella. Entonces me miró, se levantó y se fue de aquel lugar, rozando al pasar por mi lado mi mano con la punta de sus dedos. Me acerqué poco a poco hacia su mesa del rincón, temeroso de lo que pudiera poner aquel pequeño papel. Lo alcé a la luz fluorescente del techo para verlo mejor. Dos lágrimas brotaron de mis ojos cuando, analizando cuidadosamente su hermosa caligrafía, lo leí. Nunca más nos volvimos a ver, pues ninguno de los dos pudo volver nunca más a esa cafetería, nuestro pequeño escondite del mundo.