Ciudadano modélico

Publicado por Carlos Mejías el 26 de Agosto de 2016

Me he sentido invadido por el más profundo deseo de matar a un hombre. La ira, cual agua del deshielo de las montañas, me ha inundado fría y salvajemente. El corazón ha latido con violencia dentro de mi pecho, produciendo un sonido tan seco que por momentos he creído que era audible. He cerrado con tal fuerza mis puños que he rasgado con mis propias uñas las palmas de mis manos, haciéndome sangrar. La cara crispada en una mueca animal casi primitiva. El ceño fruncido, las pupilas dilatadas y la mandíbula desencajada retorciéndose sobre sí misma y haciendo rechinar los dientes. Cuánto odio he recogido en mi alma por su horrible acción. Cuánta rabia habría depositado sobre su indefensa cabeza, situada delante de mí. Le hubiera golpeado sin previo aviso hasta que su voz, rogando inútilmente mi perdón, fuera apagándose en la nada. Pero no lo he hecho. No sabe Dios por qué no lo he hecho pues ni siquiera yo lo sé. Sin decir una sola palabra, he permitido que un hombre se colara delante de mí en la cola de la taquilla del cine. Quería matarlo. Todo mi ser quería hacerlo.

Lleva un uniforme de colegio de pago. La falda a cuadros, un poco por encima de las rodillas raspadas debido a los juegos infantiles, deja entrever su piel blanca y tersa. Y esa visión eriza la mía. Un fuego impetuoso me llama a poseerla. A hacerla mujer. Sé que está mal, que está prohibido, que es ilegal. Inmoral, se mire por donde se mire. Y debo controlar mis instintos. Más aunque quiero tenerla, no debo. O no puedo. Pues al verla mi mente empieza a confundir la siempre difusa línea que separa el bien del mal. Pues el poder y el deber se me antojan subjetivos, acordes a la época, más no a mis sentimientos. Y me repito una y otra vez la misma cantinela, intentando que quede grabada en mi mente, luchando por interiorizarla. No me está prohibido amarla. Me está prohibido amarla ahora. Tan sólo debo esperarla. Esperar a que crezca y alcance una edad prudencial para que los odiosos años que separan nuestros nacimientos ya no sean un obstáculo. Yo nací antes y debo esperarla. Aún a sabiendas que el tiempo que nos separa siempre será igual. La ley es la ley y debo cumplirla.

El camarero me sirve otra copa. Me mira con cierta aprensión pues debe notar en mí los primeros síntomas del alcoholismo. Yo también empiezo a notarlos y con cierto mareo consigo pagar la cuenta y escapar de aquel tugurio. Paseo mi embriaguez por toda la ciudad aunque no me gusta caminar. Imagino que el whiskey me enajena los sentidos y me lleva a comportarme como alguien que no soy. Estoy exultante, alegre y valiente y yo no soy así. Soy más bien un cobarde. Una hormiga más del hormiguero social de las urbes modernas. No hago ruido. No destaco. Saludo a mis vecinos en el portal y cumplo con mis obligaciones todos los años. Pago mis impuestos y hago eficazmente mi trabajo. Cumplo las normas. Pues así me educaron. Ocultando mi libre albedrío y mi conciencia de libertad con la excusa de formar parte de la civilización. Las cosas que quiero hacer, las que verdaderamente pienso, son al instante destruidas por mí mismo, conocedor del peligro que supondría llevarlas a cabo. Quiero matar cuando me ofendan. Robar a los bancos y repartir el dinero. Follar a las mujeres que quiero. Beber hasta perder el sentido. Conducir al triple de la velocidad permitida. No hacer caso a más autoridad que la de mi propio ser. Correr por esta avenida aunque todos me miren. Y dejar de ahogarme en la cobardía. Dejar de morir cada día por la educación recibida. No ser nunca más un ciudadano ejemplar. Saltar desde este puente sí creo que puedo. Si quiero aunque no deba. Saltar y nada más.