Cáncer

Aunque tarde en llegar, lo bueno siempre llega.

Publicado por Carlos Mejías el 18 de Junio de 2012

Cojo la cajetilla de tabaco y el mechero y me voy a sentarme junto a ella a las sillas del balcón para, irónicamente, fumarme un cigarrillo respirando el aire puro. Y luego no comprendo como la sigo queriendo, como la sigo besando cada vez que la veo, a pesar de que cada gesto que me regala me hunde más y más. Porque son mentiras sus sonrisas. Falacias son sus caricias. Y mira que lo intenté. Pues conozco bien la facilidad con que mi corazón ama y lo reacia que es mi alma al olvido. Y si embargo, ya no tengo el miedo de otras veces. El miedo al dolor, la pena, la decepción. Pues al fin, de tanto insistir, de tanto resquebrajarse, he aprendido a curarle las cicatrices. Porque sé que si al final caigo, si al final fallo, sabré que lo que de verdad vale la pena es el camino.

Dejo caer la ceniza al suelo, como me deja caer ella a mí, esperando que el viento la lleve lejos. Y la odio por ello. O tal vez me odio a mí y me engaño. Me odio por no aceptar las reglas del juego y pensar que ,con esfuerzo, podría cambiarlas. Nada cambia. Ni el juego, ni la vida, ni la gente. Lo que llamamos cambio, no es más que la mera evolución de la persona, la muestra de su verdadero ser.

Otra calada. Otro golpe más a mi organismo. Igual que hace ella. Me está matando por dentro. Es un tumor. Pero sigo fumando. La necesito. Y es que ya no me imagino sin ella. Cada dosis de nicotina que me proporciona, hace de este sucio mundo, un lugar más agradable. Aunque sea imaginario. Aunque realmente no exista. Otra calada. Porque cada vez quiero más. Evadirme de este lugar con mi cigarrito, hasta que un día el negro alquitrán inunde mis pulmones. Y por su culpa ya no pueda respirar, me falte el aire, el aliento, me falte la vida y las ganas de vivirla. Pero mientras llega, fumarme uno a uno los buenos momentos. Que la humeante muerte, si ella me la proporciona, es incluso dulce.