Apariencias

Publicado por Carlos Mejías el 10 de Marzo de 2016

Se colocó la capucha de la sudadera cubriéndose la cabeza y se subió la bufanda por encima de la nariz de forma que sólo se le podían ver los ojos. Miró a su alrededor para comprobar si alguien lo había visto pero no percibió más que el ligero movimiento de las hojas de los árboles al ser agitadas por la brisa de la noche. Anduvo unos metros pegado a la alambrada buscando el agujero por el cual se había colado en anteriores ocasiones. No era un hueco demasiado grande, por lo que para pasar debía despojarse de la mochila que llevaba e introducirla tras la valla y posteriormente pasar él, sino corría el riesgo de quedarse enganchado. Consiguió atravesar el obstáculo metálico sin demasiadas complicaciones; recogió su mochila y siguió andando.

Las cocheras de la estación eran una suerte de pabellones de tres paredes de muro sólido de hierro y una cuarta pared intangible, por su inexistencia, que abría el edificio al mundo y permitía la entrada y salida de los trenes. Tristemente iluminado por algunas farolas desperdigadas alrededor, era fácil llegar hasta él si uno se guiaba por las vías férreas que conducían hasta su abertura. De este modo, guiado por dos hierros paralelos, llegó hasta su obra inacabada.

El tren, un modelo Talgo, llevaba varios días en las cocheras esperando a ser reparado; con su característico morro de pato esperaba su turno pacientemente en una nave lateral. Su lado izquierdo se mostraba al interior de aquel garaje y no parecía distinto a cualquier otro tren de su clase. Sin embargo, el otro costado era distinto. Pegado como estaba a menos de dos metros de la pared, no era fácil observarlo. Líneas de colores cruzaban su carrocería perfilando lo que parecía un futuro boceto. Los dos primeros vagones estaban completamente cubiertos por dichas rayas, a excepción de las ventanas, que se mantenían inmaculadas por razones de discreción.

Sacó de la maleta dos finos guantes negros y se los puso de forma que le cubrieran por encima del inicio de las mangas de la sudadera. Hasta la más ínfima porción de su piel estaba cubierta, exceptuando la zona de los ojos. Cuidadosamente, extrajo varios botes de spray que traía envueltos en trapos para que el choque entre ellos no produjera ningún tintineo. Colocó también una pequeña linterna sobre la pared que se levantaba a su espalda, de forma que iluminara su creación pictórica. El brillo que emitía era muy tenue y tenía que forzar considerablemente la vista pero era preferible eso que ser descubierto. Y sin más preámbulos, comenzó a dibujar.

Mientras corría en dirección a la valla por la cual había entrado, se maldecía por no haber estado más atento mientras pintaba sobre el vagón. Había recogido y apagado rápidamente la linterna y a oscuras había intentado recoger todos los sprays que había ido utilizando; en vano. Escuchaba en su espalda el traqueteo metálico de aquellos que había conseguido salvar pero los cuales no había podido envolver satisfactoriamente. Al llegar al orificio, se olvidó de despojarse de la mochila, que se quedó enganchada en la reja. A lo lejos podía oír las voces de sus perseguidores y los ladridos de los perros; y ya se estaba planteando abandonar allí sus preciadas pertenencias cuando el macuto se desenredó.

Se despojó de la bufanda, la sudadera y los guantes y los metió en la mochila para luego esconderla en un frondoso arbusto que había enfrente del portal de su casa. Mientras subía en el ascensor, se exploraba el cuerpo buscando delatores restos de pintura; no los encontró. Respiró profundamente sobre el felpudo de su piso y entró.

El reloj de la pared anunciaba las diez de la noche cuando se sentó a cenar con su familia. La mirada de sus padres lo fulminaba y le impedía levantar la vista de su plato de sopa. Soplaba y sorbía. Soplaba y sorbía. Mecánicamente y sin hablar. Fruto de la inquietud del que se cree descubierto. Un calor desbordante le recorría el cuerpo, completamente ajeno al producido por el caldo y los fideos. Sus padres seguían mirándole fijamente, quietos e inmóviles. Debían de saber su secreto pero él se preguntaba cómo podían saberlo. Era imposible. Sus padres opinaban que no se podía vivir honradamente del arte y él les había prometido que no se dedicaría jamás a la pintura. Pero allí estaban, clavando en él sus miradas y sus calladas críticas y sometiéndole al más duro de los escrutinios.

No aguanto más. Soltando con violencia la cuchara sobre la líquida cena y desperdigándola sobre la mesa, se levantó de un rápido salto y corrió hacia la fotografía de sus padres que presidía el salón. Agarró con fuerza el marco y, sin pensarlo dos veces, lo estrelló contra el suelo haciendo añicos el cristal que lo protegía; sintiéndose al fin libre.

Su mujer y sus dos hijos, aún con sus respectivas cucharas en las manos, miraban absortos a aquel hombre, padre y marido, que se carcajeaba como un loco tras haber destrozado el retrato de los abuelos. Ninguno se movió mientras aquel hombre enloquecido reía. Y mientras tanto, la sopa se les iba quedando fría.