Amor y vida

Porque hay muchas cosas en la vida de las que hay que estar enamorado.

Publicado por Carlos Mejías el 14 de Febrero de 2013

La ventana estaba abierta y la suave brisa de la mañana entraba tímidamente en la habitación, meciendo las cortinas. Un cálido rayo de sol atravesaba el cuarto dándole en la cara. Abrió los ojos despacio y en su rostro apareció una leve mueca de desorientación, típica en aquellos que han dormido tan profundamente que no recuerdan ni donde están. Había tenido un sueño bastante curioso, eso lo sabía, pero no podía recordar sobre que trataba exactamente. Ojeó a su alrededor para ubicarse. Era un dormitorio bastante amplio y con una decoración muy moderna pero no por ello menos elegante. Una gran estantería repleta de libros se encontraba frente a él. Intentó leer algunos de los títulos pero no los veía con demasiada claridad, aunque en uno de los tomos más grandes pudo intuir algo así como Arquitectura del S.XX. Le hacían falta sus gafas. Miró de reojo hacia la mesita de noche que había a su derecha y allí estaban, unas enormes gafas de culo de vaso. Miope de nacimiento. Intentó girarse a cogerlas pero tenía una sensación realmente extraña en el cuerpo. Un enorme entumecimiento de cuello para abajo, como si no pudiera moverse. Lo intentó varias veces más hasta que finalmente lo recordó todo.

El día era precioso. Era verano. El olor del mar se colaba por la casa y los gritos de alegría de sus hijos llegaban hasta su despacho. Salió a la terraza de aquella casa que él mismo había diseñado y construido con tanto esfuerzo y cariño para su familia, al borde del océano. Decidió bajar un rato a la orilla con su familia. Pero antes de bajar dejó las gafas en la mesilla pues no sería la primera vez que se le perdían al bañarse. Al cabo de algunas horas, recordó que tenía que llevar algunos documentos a la oficina. Había cogido el casco de la moto. Pero no las gafas. Total, la oficina estaba realmente cerca y por la carretera que bordeaba la playa ya no cogía nadie.

Observó su cuerpo inerte, tirado cuán grande era, a lo largo de la cama. No podía moverse. Por más que lo intentó, no podía moverse. Sabía que le quedaba toda una vida tirado en aquel colchón, sin poder hacer nada, sintiéndose inútil y sin poder disfrutar de la vida, que tanto amaba. Amaba a la vida y ahora se veía irremediablemente postrado para siempre. Gritó tan fuerte como pudo, que no era mucho, e intentó liberarse de esa angustia que le oprimía el pecho, pero no servía para nada. Y quiso morir.

Al instante, escuchó unos pasos apresurados que se acercaban por el pasillo y la puerta se abrió con gran estrépito. Sus dos hijos y su mujer corrían a su lado y se lanzaban a abrazarlo con lágrimas en los ojos. Sus hijos estaban grandísimos y balbuceaban palabras de alegría. Su padre estaba despierto. Vivía. A su mujer se le notaba cansada y unas grandes ojeras se marcaban en su rosto, pero aún así, seguía siendo la mujer más guapa del mundo. Se sintió estúpido. Como podía haber pensado ni un instante en morir. En dejar de amar la vida como la quería. Eso no podría hacerlo nunca. Pues ellos, su familia, eran su vida.