Ábreme, soy yo

“Soy un cerebro, Watson. El resto de mí es un mero apéndice”

Arthur Conan Doyle

Publicado por Carlos Mejías el 9 de Septiembre de 2017

El aire es fresco y el sol aún se está despertando. La atmósfera huele a césped recién cortado y a alegría de vivir. Todo es perfecto un sábado por la mañana. Ella aún duerme plácidamente en nuestra cama cuando yo salgo a la calle y su recuerdo me acompaña durante todo el paseo. Compro un par de tulipanes a mi paso por el Mercado de las Flores y una bolsa de cruasanes recién hechos en la pastelería que tenemos en la esquina de nuestra casa. Llamo delicadamente al porterillo pues, aunque llevo las llaves conmigo, me gusta anunciarle mi regreso.

—¿Quién es?

—Ábreme, soy yo.

—¿Ya?

—Síííííí.

El portal entero me sabe a café y tímidas notas musicales llegan a mis oídos mientras espero el ascensor. El brillo rojo del botón de llamada del elevador me parece hoy más intenso que el resto de los días. Quizás los fines de semanas sean el mejor opiáceo para los sentidos. Quizás sea la dulce espera de verla a ella recién levantada. Quizás la vida sólo merezca la pena vivirla de vacaciones. O, al menos, intentar que toda ella lo parezca. La puerta de nuestra casa está entreabierta y La mañana de Grieg inunda mi conciencia. Entro con mucha delicadeza para no perturbar ese glorioso momento. Sé que ella me espera en el salón.

Tumbada suavemente sobre el butacón con los ojos cerrados, se mueve con dulzura al ritmo de la música. Mece su mano derecha como si fuera la batuta de un director de orquesta mientras que apoya la izquierda sobre su pecho, justo encima de su corazón. No sé si es consciente o no de que estoy plantado delante de ella admirándola, pero actúa como si no lo supiera o no le importara. El culmen de la melodía está llegando y el sonido se va apagando lentamente en el gramófono. Ella abre lentamente sus ojos y, al verme, su preciosa sonrisa se trasforma en una mueca de terror y miedo. Y grita.

***

Mis padres y mi hermana están aquí conmigo en el hospital. ¿Pero dónde está Laurent? Estoy más preocupada por él que por mí. Cuando aquel hombre entró en casa esta mañana, él había llamado al timbre un par de minutos antes. ¿Se habría peleado con él para salvarme? Nadie quiere decirme dónde está mi marido y yo no recuerdo nada después de que aquel hombre, que intentaba imitar a mi Laurent, entrara en nuestra casa. Sólo me han dicho que entré en shock y me desmayé. ¿Quizás le hubieran herido de gravedad y por eso nadie quiere decírmelo? Por favor, Dios mío, que no esté muerto. No sé que sería de mí, lo quiero tanto. Pero… no, no, no puede ser. Será mejor que me tranquilice y duerma un rato.

***

—Abre los ojos, mi amor. Soy yo.

—…

—Soy yo, Laurent. Estoy aquí contigo.

—¡Usted! ¡Es usted otra vez! ¡Ayuda! ¡Por favor, que alguien me ayude!

—Tranquila, Gabrielle, soy tu esposo Laurent.

—¡Usted no es Laurent, no intente hacerse pasar por él! ¡Váyase, déjeme tranquila! ¡Socorro!

***

Mi querida Gabrielle. Tú ya no me reconoces. Mi rostro para tu mente es un extraño. Un desconocido. Un doble de tu esposo. Un mentiroso y un farsante. Los recuerdas a todos menos a mí. Lo llaman síndrome de Capgras, pero para mí es una pesadilla. Yo si te recuerdo. ¿Qué puedo hacer, mi amada Gabrielle? ¿Cómo puedo yo luchar contra ese cerebro tuyo que te aleja de mí? Quizás dejar de ser Laurent. Oh, Gabrielle, qué puedo hacer. Prefiero la muerte a tu olvido…